Insurrectos en el campo de Madero, al otro lado de la fundidora Asarco, 1911; en la imagen de la derecha: Los paseños encuentran un lugar a la sombra para ver el movimiento armado, 1911, imágenes incluidas en el libro Historias desconocidas de la Revolución Mexicanas en El Paso y Ciudad Juárez, de David Dorado Romo (San José California, 1961).

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La insurrección norteña que hermanó a dos ciudades fronterizas de Estados Unidos y México es documentada por el ensayista, historiador, traductor y músico David Dorado Romo en su libro Historias desconocidas de la Revolución Mexicana en El Paso y Ciudad Juárez: 1893-1923, publicado originalmente en inglés y del que ahora ofrecemos a nuestros lectores un adelanto en la versión en español, con autorización de Ediciones Era

La gente llegó de todas partes a ver la batalla de Juárez. La inminente contienda era noticia de primera plana en los periódicos del mundo entero, y los paseños tenían los mejores lugares de todos. Ningún suceso deportivo, ni siquiera el título mundial de boxeo en la década de 1890, celebrado al sur de Juárez, a la orilla del río, había sido así de emocionante. La multitud de El Paso se congregó frente al campamento revolucionario, frente a la fundidora. A los insurrectos les lanzaban plátanos, naranjas, manzanas, monedas de plata y botellas de refresco en señal de apoyo. Los niños vendían sardinas, salmón y galletas de a diez centavos, lo mismo a los revolucionarios que a los observadores. Las postales de la historia en marcha se vendían en veinticinco centavos de dólar.

Era un raro espectáculo. Todos los jefes revolucionarios combatientes se tomaron una foto de grupo frente a una pequeña casa de adobe llamada la casita gris y situada a unos cuantos metros de la mojonera internacional, hoy conocida como monumento número uno. La pequeña casa de adobe funcionaba como la capital temporal de México. Francisco Madero, hijo, presidente provisional del país, y Abraham González, gobernador provisional de Chihuahua, se sentaron al centro. Francisco Madero, padre, uno de los hombres más ricos del estado fronterizo de Coahuila, se paró justo detrás de su hijo. En el extremo izquierdo estaba el coronel Pancho Villa, que dos años antes había sido entrenador de gallos de pelea en El Paso y ahora estaba a cargo de seiscientos cincuenta revolucionarios. Había justificado su pasado de ladrón de ganado y bandolero diciéndole a un reportero de El Paso que en comparación con los jefes de Chihuahua, nunca conocí ni los rudimentos del robo. Junto a Pancho estaba el hermano de Madero hijo, Gustavo, quien llevaba a cabo negociaciones secretas en el hotel Zeiger de El Paso con un hombre que decía ser representante de la Standard Oil. Quería ofrecerles a los maderistas medio millón de dólares a cambio de amplios derechos de perforación en México. Venustiano Carranza, que en unos cuantos años se convertiría en presidente del país, estaba sentado en la primera fila (abajo de Pancho Villa) con un sombrero de carrete. El general Pascual Orozco comparecía nervioso sentado en el extremo derecho de la foto de grupo. No le caía bien la mayor parte de la gente que estaba allí; los apodaba los músicos, pues estaban demasiado dispuestos a tocar al son de Madero. Para la foto, Giuseppe Garibaldi se situó de pie detrás del padre de Madero. Garibaldi ya había participado en más de treinta batallas en el mundo. Luchó del lado del ejército griego en la guerra greco-turca; de los británicos contra los bóers, en Sudáfrica, y de los revolucionarios en Venezuela. El mercenario italiano estaba a cargo de una compañía de cerca de cien soldados de fortuna estadounidenses (a cada uno le pagaban doscientos dólares por adelantado) y de cuarenta indios tarahumaras. Junto a él estaba el secretario de Estado provisional de Madero, Federico González Garza, un abogado elegantemente vestido, con un fino bigote enroscado, que más tarde se convertiría en feroz opositor del comunismo en México. Justo debajo de la campana del anuncio de la telefónica Bell (Madero había accedido a colocar el logo de la compañía estadounidense a cambio de servicio telefónico gratuito) estaba el general José de la Luz Blanco, restregándose los ojos cansados.

En diez años, casi la mitad de los hombres que posaron entonces para la famosa fotografía habrían muerto de manera violenta.

El 19 de abril de 1911 Francisco Madero envió una nota muy cortés a su adversario, el brigadier Juan Navarro, exigiendo la rendición de Juárez.

Tengo el honor de notificarle que dentro de veinticuatro horas, a partir de la medianoche de este 19 de abril, puedo atacar su ciudad en cualquier momento. Haga el favor de tomar nota de este aviso. Acepte las manifestaciones de mi respeto y consideración.

Navarro, un condecorado veterano de las guerras contra los yaquis y contra la Intervención francesa que a menudo usaba una gorra militar alta de tipo prusiano, contestó en el mismo estilo:

En respuesta a su nota, tengo el honor de informarle que es imposible para mí satisfacer sus exigencias porque no tengo la autoridad para ello.

Madero prefirió librar una batalla de caballeros. El presidente provisional de México le pidió al secretario de Estado provisional que explicara detalladamente las reglas de la batalla a las que tendrían que atenerse ambos bandos. Igual que un árbitro antes del comienzo de una pelea de campeonato, Federico González Garza leyó las reglas: Las partes beligerantes normarán su conducta según el grado de cultura e inteligencia política que ambos hayan adquirido, decía el documento titulado Principios internacionales fundamentales que regulan la conducta en la guerra. Éste proclamaba. No se emplearán medios salvajes durante la guerra. Queda estrictamente prohibido el uso de toda arma que cause sufrimiento innecesario, tales como flechas envenenadas, esquirlas de vidrio, balas de punta blanda, balas expansivas o el envenenamiento de pozos y caudales de agua.

La mayoría de los observadores pensaba que las probabilidades eran mayores para los revolucionarios, quienes superaban por casi cuatro a uno a las tropas del gobierno. Pero varios militantes expertos –incluido uno de los consejeros maderistas, el general sudafricano Benjamin Viljoen– creían que la ciudad era impenetrable. Los federales tenían sólo seiscientos setenta y cinco hombres en condiciones de pelear, pero contaban con trincheras bien fortificadas, minas, varias piezas de artillería de ochenta milímetros y tres ametralladoras. Nomás una sola de éstas valía lo mismo que cien hombres, decían. Por su parte, los insurgentes sólo contaban con dos cañones improvisados.

Cualquiera que fuesen las probabilidades de una victoria, se respiraba una gran emoción en el ambiente. Los fotógrafos y corresponsales de noticias deambulaban con toda libertad entre los maderistas. Algunas de sus fotos irían a dar no sólo a los periódicos estadounidenses y mexicanos, sino a revistas francesas y españolas y de otros países europeos. Los turistas posaban al lado de sus revolucionarios favoritos. El 21 de abril el doctor Frederick Cook, explorador del Polo Norte, visitó el campamento de Madero, saludó a éste con un apretón de manos y le dijo: Me siento honrado de conocer a un hombre que es el George Washington de una causa tan justa como la Revolución americana. Herlinda Wong Chew, miembro de la que llegaría a ser una de las familias más prominentes de la comunidad china de El Paso, posó con unas cananas cruzadas al pecho. Otros anglos de El Paso fueron fotografiados montando majestuosos a caballo, como si estuvieran listos para la guerra.

El 26 de abril Trinidad Concha, jefe de una banda que había desertado de la banda militar de Porfirio Díaz en la década de 1890, fue con su conjunto musical –Banda Mexicana de Conciertos Concha– a llevarles serenata a Madero y su comitiva. El campamento revolucionario estaba a reventar. La banda tocó valses, chotis y marchas militares por más de dos horas Al final la multitud estalló en un aplauso frenético.

¡Por fin una revolución!

Pero la batalla se pospuso y en su lugar se declaró un armisticio temporal. A Madero de pronto le temblaron las piernas; temió que si alguna bala perdida llegaba a El Paso y ponía en peligro la vida de los estadounidenses podría dar pretexto a una intervención de ese país. Los rebeldes y el gobierno emprendieron pláticas de paz del lado mexicano del río, cerca de un conjunto de árboles llamado la alameda de la paz. Estaba enfrente de Hart’s Mill, en el mismo sitio donde había tenido lugar en 1894 una cruenta pelea de campeonato a puño limpio entre Billy Lewis y el australiano Billy Smith.

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