El 9 de julio próximo, Argentina celebrará el bicentenario de unaindependencia nacionalque sus próceres concibieron no sólo para los argentinos. ¿Cuán pertinente será, entonces, usar el verbo celebrarcon un gobierno en funciones que encarna, paradójicamente, el polo opuesto de los ideales contemplados en la magna efeméride?

Para no causarles vergüenza ajena, dejemos a los revolucionarios de hace 200 años dormir el sueño de los justos, y veamos dónde radica hoy la confusión política. Y, de ser posible, esperemos que los responsables por omisión o acción de la insólitarestauración conservadora en Argentina (junto con los arrepentidos que votaron por ella) revisen el acta de Independencia leída en la ciudad de Tucumán, en aquel día patrio de 1816:

“Nos los representantes de las Provincias Unidas de Sudamérica, reunidos en congreso general (…) en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos (…), declaramos solemnemente (…) que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli”.

Días después, en sesión secreta (y a continuación de “…nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli”), se incorporó la frase “…y de toda otra dominación extranjera”. Alertando, con ello, de las ofensivas militares de Brasil y Portugal, así como de las intrigas de Inglaterra en la cuenca del Plata.

Las liberales y antiabsolutistas Cortes de Cádiz (1812) reconocían que la nación española era una sola y constaba de provincias en la península y en América. Y a pesar de que no les otorgaban representación en función del número de población (a más de elegir sus diputados), las cosas empezaron a cambiar cuando la revolución nacional contra el invasor francés se tornó democrática. Por lo que con su derrota posterior, y el renovado despotismo de Fernando VII, llevaron a que los americanos adoptaran un camino propio.

Sólo así se entiende el himno nacional argentino (1812), que entre sus versos incluye (oficialmente) estrofas que ya no se cantan: ¿No los veis sobre México y Quito, arrojarse con saña tenaz? / ¿y cuál lloran bañados en sangre / Potosí, Cochabamba y La Paz? / ¿No los veis sobre el triste Caracas / luto y llanto esparcir?

La composición del Congreso de Tucumán difería del mapa que en la actualidad dibuja el país sudamericano: concurrieron delegados de 13 provincias argentinas, del Alto Perú (Charcas, Cochabamba y otras que hoy integran Bolivia), los conservadores de Chile y Paraguay no asistieron y, por sobre todo, estuvieron ausentes los pueblos originarios y las provincias orientales lideradas por José Gervasio Artigas, el protector de los pueblos libres (Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Misiones), alzado contra el gobierno centralista y pro inglés de Buenos Aires.

Según el historiador Norberto Galasso, en Tucumán no se declaró, exactamente, la independencia argentina. Pero tampoco la de las Provincias Unidas. Sin embargo, a los congresistas les urgía concretar cierta forma de independencia contra el absolutismo, luego que Fernando VII, liberado ya del cautiverio impuesto por Napoleón (1808-14), embestía contra las juntas liberales que en ambas orillas del Atlántico guardaban la esperanza de una transformación modernizadora.

Por lo demás, el escenario de 1816 se presentaba adverso y hostil: José María Morelos, fusilado por la reacción en México; Simón Bolívar, derrotado y marchando al exilio en Jamaica y Haití; Francisco de Miranda, agonizando en una cárcel de Cádiz; Bernardo O’Higgins y José Manuel Carrera, exiliados de Chile; Buenos Aires, desentendido de la derrota de los ejércitos patrióticos en el Alto Perú; Artigas, alzado contra el gobierno conservador de Buenos Aires; el implacable general español Pablo Morillo, sofocando rebeliones en Venezuela y Nueva Granada (Colombia)…

En su biografía de San Martín, Galasso concluye: La única explicación razonable de una independencia declarada seis años después de la toma del poder por los revolucionarios estriba en el carácter democrático y no independentista que la revolución (de 1810) tuvo inicialmente ( Seamos libres, cap. XIV, Ed. Colihue, Buenos Aires, 2000, p. 171).

Resaltando: “(los hechos)… resultan comprensibles a la luz de una revolución democrática, que se daba tanto en el resto de la América española como en la España misma” (ídem).

Lo notable es que en septiembre de 1815, en su famosa Carta de Jamaica, el Libertador ya se había referido a “…la reunión de toda la América meridional, bajo un mismo cuerpo de nación… un solo gobierno que confederase a los diferentes estados que hayan de formarse”.

Tal fue, un año después, el espíritu de los independentistas en el lejano Tucumán: la constitución de la gran patria latinoamericana, unificándola desde el río Bravo hasta el estrecho de Magallanes.