CIUDAD DE MEXICO

En política, hacer declaraciones innecesarias –aunque sea para quedar bien con alguien– suele ser una práctica poco recomendable, especialmente si esas declaraciones resultan irritantes u ofensivas para terceros que sean afines o aliados del declarante. Ésta es, precisamente, la situación que acaba de generar el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, al celebrar, mediante su cuenta de Twitter, la idea del presidente Donald Trump de construir un muro en la frontera sur de Estados Unidos, para impedir el paso de eventua-les migrantes.

Utilizando la misma heterodoxa vía del presidente estadunidense, Netanyahu dice que él construyó uno en su propia frontera sur (innecesariamente, porque todo el mundo lo sabe), y que sirvió para detener la inmigración ilegal. Y a continuación pondera: Gran éxito. Gran idea.

La anterior no pasaría de ser una observación ideológica, si no fuera porque el muro proyectado por Trump constituye, además de un símbolo de exclusión y una fuente de problemas para quienes viven en la zona fronteriza entre ambos países, un agravio para todos los mexicanos. Fue una iniciativa gratuita y desafortunada la del jefe de gobierno israelí, en especial si se toma en cuenta el estado actual de las relaciones entre su país y México, que superado algunos desacuerdos del pasado se han ido consolidando en torno a la necesidad de fomentar nociones como la igualdad, la diversidad y la armonía entre los pueblos. De hecho, hace apenas un par de días, en la sede de la cancillería mexicana y durante la inauguración de una exposición conmemorativa del Holocausto, representantes de los dos países aprovecharon la ceremonia para ratificar esos valores y apostar a la construcción de un mundo mejor. Nada parecido, en consecuencia, al modelo de mundo que por medio de su muro propone Trump y festeja Netanyahu.

Sin embargo, el tuit del primer ministro no sorprende. El líder del partido Likud fue uno de los primeros en aplaudir el triunfo de Trump, entre otras razones porque llevaba una mala relación con las administraciones demócratas en general y con la de Barack Obama en particular, quien acabó de ganarse su inquina a raíz de la votación de diciembre pasado en la ONU (en la cual EU por primera vez se abstuvo) condenando los asentamientos israelíes. Ahora vamos a hacer las cosas de manera diferente, anunció eufórico al conocer la victoria republicana en los recientes comicios estadunidenses, ante la manifiesta inquietud de los países de la Unión Europea y de la propia ONU.

En una época en que la derecha más agresiva, con diversos rótulos, va colocándose progresivamente a la cabeza de los estados, Benjamin Netanyahu ciertamente no desentona. En 2009 sorprendió a muchos observadores al decir que admitiría la creación de un Estado palestino (con un gran número de limitaciones); pero para 2015 había recuperado su habitual tono guerrerista y aseguraba que si de él dependía nunca habría tal Estado. Y con el arribo a la Casa Blanca de Donald Trump, este político derechista que ve antisemitismo hasta en los espacios, organizaciones y personas más progresistas, se despoja del lenguaje diplomático y se une al coro de quienes se congratulan por la llegada de Trump.

El breve y medido comunicado de la cancillería mexicana respecto del tuit del primer ministro israelí es, en este contexto, muy pertinente, porque con el entusiasta aval al muro de Trump, Netanyahu está respaldando las políticas de aquél en torno a México. Y estas políticas destilan racismo, sentimiento que a lo largo de la historia ha tenido un altísimo costo para el pueblo judío, cuya comunidad en México, vale destacar, se deslindó de las afirmaciones de Netanyahu..