El ingreso de Clara Janés a la Real Academia Española (RAE), el pasado 13 de junio, es una enorme alegría para quienes conocemos su trayectoria de poeta, narradora, biógrafa, dramaturga, ensayista, novelista y traductora. Clara Janés ocupa la sillaU en una de las más altas y prestigiosas instituciones a escala mundial. Y aunque parezca mentira, apenas una decena de mujeres han sido elegidas desde 1715. Doscientos sesenta y tres años después de su fundación, la primera mujer en ser admitida fue Carmen Conde en 1978. Hoy, 301 años después de la fundación de la RAE, toca a Clara Janés.

Es fácil imaginar la niñez de Clara en la de su padre, el poeta y editor Josep Janés, a quien debemos una de las editoriales con mayor presencia en Latinoamérica. Nacida en Barcelona el 6 de noviembre de 1940, sus primeros años están marcados por la música como manifiesta en una entrevista con la narradora Alejandra Atala, la estudiosa mexicana que mejor conoce su obra: Los primeros recuerdos de mi padre van unidos a la música, como los de mi madre. La idea de acunarme con el Concierto para dos violines seguro que era de mi padre, pero mi madre tocaba el clavicémbalo y el piano, y escuchaba música con sus amigas. Así recuerdo muy bien el día que murió Rachmaninov (yo contaba tres años) y escucharon el Concierto número 2 y yo, hundida en una butaca mientras lo oía, veía oscurecer y aparecer las estrellas.

Sus primeras lecturas son distintas a las de sus compañeros de juego, ni hermanos Grimm ni Robinson Crusoe. A los siete años a Clara le atrae Santa Teresa de Jesús. Desde entonces el misticismo español ha sido su pasión. Clara, como la de Asís, como el agua de manantial, como sus ideas, como la mirada en sus ojos, ha dedicado su vida a san Juan de la Cruz, a santa Teresa de Jesús y a fray Luis de León, cuya poesía nos sigue conmoviendo en un siglo XXI más cercano a la insensibilidad que a la mística, palabra que sin entender su origen, escuchamos en los labios de los comentaristas de futbol: Tal jugador tiene mística. Pero, ¿qué es la mística? Si en un sentido etimológico se refiere a cerrado o misterioso en la experiencia es la unión máxima del alma con lo Sagrado (con mayúscula) de tal manera que se deja de pertenecer por unos instantes a lo terrenal: Vivo ya fuera de mí/ después que muero de amor/ porque vivo en el Señor/ que me quiso para sí.

De niña estudiaba danza con su hermana hasta que un tío cardiólogo se lo prohibió, y Clara sustituyó el ritmo de sus piernas por la cadencia poética, porque al ir y venir de la escuela sus pasos se movían al compás de sus versos favoritos: En soledad vivía/ y en soledad ha puesto ya su nido/ y en soledad la guía/ a solas su querido/ también en soledad de amor herido. La niña se conformaba con conservar el ritmo en su interior, la adolescente lo trasladó a sus primeros poemas: Se subastan las cestas/ estallando pescado/ rojo y plata/ al caer de la tarde. Supo desde muy joven –como se lo declaró a Winston Manrique en una entrevista– que el ritmo es lo que está midiendo el tiempo y también supo que el tiempo es oro, por eso no perdió ni una sola de sus horas y buscó el conocimiento con la misma avidez con que leyó y escuchó música a los siete años. El resultado es una vasta obra que abarca prosa y poesía, que incluye títulos como Las estrellas vencidas (1964), Límite humano(1973), Cajón de sastre (1999) y El libro de los pájaros (1999), entre muchos otros, y la primera novela Los caballos del sueño, la cual publicó Anagrama en 1989 y que me resultó muy sorpresiva por juvenil y audaz, desgarradora y triste, ya que me dio una nueva visión de Clara que jamás habría sospechado. Pensaba yo que su austeridad la convertía en la joven madre superiora de todos los conventos de España. Después de Los caballos del sueño también yo partí al galope, porque al finalizar su lectura me resultó muy fácil asociarla con las dos Elenas, la Garro y la Paz que incendiadas e incendiarias llegaron a Madrid como los personajes deAndamos huyendo, Lola, perseguidas por sí mismas y por el Augusto de las últimas novelas de Elena que, como el ojo de Caín, las descubría hasta en el último sótano para dejar caer sobre ellas el rayo de su furia. De pronto, la Clara Janés que yo veía en las alturas intelectuales de mayor refinamiento se me reveló en medio de parrandas, hombres borrachos e infieles, camas revueltas y manchadas en departamentos sucios con fregaderos llenos de trastes sin lavar que simbolizan la crisis existencialista y religiosa capitaneada por Camus, Sartre y De Beauvoir que invadió Europa en los años 60. De Los caballos del sueño, la gran Rosa Chacel opinó: Clara Janés ha escrito la historia de su generación.

Los lazos de Clara Janés con México se remontan a Sor Juana Inés de la Cruz, además del cariño solidario, la paciencia y los buenos consejos que les brindó a Elena Garro y Helena Paz al coincidir con ellas en Madrid. En México, su obra ha sido publicada por la también poeta y traductora chihuahuense afincada en Monterrey Jeannette Clariond, directora y fundadora de la extraordinaria Vaso Roto Ediciones,que tiene sede en México y en España. La labor editorial de Jeannette es admirable porque mientras otras editoriales son absorbidas por multinacionales, ella ha permanecido firme en su lucha por publicar en México en ediciones preciosas a escritores como el Premio Nobel poeta irlandés Seamus Heany; el libanés Abbas Baydoun; el chino Ha Jing; el ruso Ossip Mandelstam, que tanto admiraba Octavio Paz, y la inglesa Denise Levertov, quien enseñó en la universidad de Stanford, California.

La erudición de Clara Janés es evidente en su discurso de ingreso a la RAE, al que tituló Una estrella de cinco puntas infinitas: en torno a Salomón y el Cantar de los Cantares,cuya alusión cósmica recuerda su primer poemario Las estrellas vencidas (1964), al que llegó después de leer El cántico espiritual, de san Juan de la Cruz. Desde que lo descubrió en la Universidad de Barcelona, Clara se enamoró del carmelita a tal grado que casi desbanca a Teresa de Ávila: Ya toda me entregué y di/ y de tal suerte he trocado/ que mi Amado es para mí/ y yo soy para mi Amado. Luego vendrían más impetuosos que cualquier amante, Salomón, fray Luis de León, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, el compositor Federico Mompou Dencausse y el poeta checo Vladimir Holan, por el que aprendió checo con tal de traducirlo.

“Me parece fascinante ver el desarrollo del Cantar de los Cantares–explica Clara– en estos autores (…) san Juan, en su celda-prisión pide a los monjes que se lo reciten y memoriza los primeros 31 versos. Es la belleza como algo salvador. Luego están las conexiones del universo místico-personal, místico-pasional, místico-sexual, porque en el fondo lo que se canta es la unión de hombre y mujer, y de esta unión el fruto de un hijo, el nacimiento de una vida. Por eso yo me lanzo a leer tantos libros de física, porque es un misterio. ¿En qué consiste la vida? Pues, es que materia y energía son lo mismo, es un enigma muy grande”.

Nuestra autora reflexiona sobre la belleza salvadora desde los universos personales; compara a Salomón con sus místicos y, apasionada, vuelve al centro de su desvelo: el misterio de la vida.

¡Cuántas Claras Janés necesitamos en el mundo actual, preocupado más por tener que por saber! ¡Cuántas obsesas aprenden checo o persa sólo para compartirnos tesoros a los que sin ellas nunca tendríamos acceso!

Con el ingreso de Clara Janés, la Real Academia Española de la Lengua se cubre de gloria, ya que pocos tienen su lucidez, su creatividad y su cultura enciclopédica. ¡Qué afortunados los españoles de contar con una mujer como Clara Janés entre los custodios de nuestra Lengua!