Hace poco más de un año, Donald Trump se convirtió en el negacionista del cambio climático más poderoso del mundo. Ganar las elecciones a la presidencia de EEUU no le hizo cambiar su punto de vista sobre el calentamiento global ni sobre su intención de que su país salga del Acuerdo del Clima de París suscrito precisamente para combatir sus consecuencias y evitar que millones de personas se conviertan en refugiados climáticos.

 

Paradójicamente, la familia de Trump fue una de las que, a lo largo del siglo XIX, dejó Alemania para emigrar a América y buscar una vida mejor. Y, según sostiene esta semana una investigación, una de las causas que propiciaron esas oleadas migratorias fueron los cambios que se produjeron en el clima, que afectaron a las cosechas elevando el precio de los alimentos y contribuyendo a la pobreza.

 

No es el único imperio económico de EEUU que tiene su origen en la emigración de alemanes en esa época: miembros de la familia Heinz, que fundaron un gigante de la alimentación, y de los Pfizer, en el sector farmacéutico, se marcharon de Alemania en el siglo XIX. Curiosamente tanto los Trump como los Heinz proceden de la misma localidad, Kallstadt, que ahora forma parte del estado de Renania-Palatinado, e incluso las dos familias quedaron emparentadas (Henry J. Heinz, fundador de la compañía Heinz, era nieto de Johann Georg Heinz y Charlotte Louisa Trump, fallecida en1833).

 

Los orígenes del apellido Trump en el territorio que hoy es el suroeste de Alemania se remontan al siglo XVII, cuando Johannes Trump se estableció en Kallstadt, donde se convirtió en viticultor, una ocupación que siguieron muchos de sus descendientes. Friedrich Trump, abuelo de Donald Trump y primo segundo de Henry J. Heinz, emigró a América en 1885, cuando tenía 16 años, huyendo del futuro que le esperaba en una familia humilde. Cuando consiguió la nacionalidad estadounidense, cambió su nombre por Frederick. Durante la Fiebre del Oro hizo fortuna en Alaska con sus negocios de restaurantes y hoteles en los que se alojaban los buscadores de oro. Cuando ya había amasado una fortuna, regresó a Kallstadt para casarse con su vecina, Elisabeth Christ.

 

Heinz, Pfizer y Trump formaron parte de los cinco millones de alemanes que pusieron rumbo a América del Norte hastiados de la pobreza, la guerra y los conflictos pero también, según este estudio, de las consecuencias de varios episodios climáticos extremos, aunque en aquella época no fueron motivados por la acumulación de gases de efecto invernadero procedentes de actividades industriales. “Hemos descubierto que, globalmente, el clima explica de forma indirecta hasta el 20-30% de las migraciones desde el suroeste de Alemania a Norteamérica durante el siglo XIX”, señala Rüdiger Glaser, profesor de la Universidad de Friburgo y autor principal de este estudio, publicado en la revista Climate of the Past.

 

“La cadena de efectos es claramente visible: las malas condiciones climáticas causaron malas cosechas, que provocaron un aumento del precio de los cereales, desencadenando la emigración”, resume Glaser, que admite, no obstante, que se trata sólo “de una pieza del puzle” que explica el complejo fenómeno migratorio. Para realizar la investigación, su estudio recopiló estadísticas oficiales migratorias, datos de población del siglo XIX, registros meteorológicos, cifras sobre las cosechas agrícolas y los récords alcanzados por los precios de los cereales. Se centraron en la región que en la actualidad ocupa Baden-Württemberg, de donde proceden muchos de los que fueron a América, entre ellos los Pfizer. Primero, identificaron las principales oleadas migratorias y después investigaron el papel que pudo jugar el clima.

 

Veranos extremos La primera ola migratoria tuvo lugar después de que la erupción de 1815 del volcán Tambora, en Indonesia, expulsara a la atmósfera grandes cantidades de ceniza que causaron una bajada de las temperaturas en distintas partes del mundo que se prolongó durante varios años. 1816 pasó a conocerse como “el año sin verano” debido a que fue inusualmente frío y lluvioso. Esa bajada de temperaturas arruinó cosechas y causó una hambruna en la población, alentando que muchos de ellos se decidieran a abandonar el país.

 

En el año 1846 se vivió otro pico migratorio. En aquella ocasión, el verano fue extremadamente caluroso y seco, por lo que también se arruinaron las cosechas y los precios de los alimentos se dispararon. “Esos dos años de fuerte emigración parecen muy influenciados por los cambios en el clima, mientras que en otras oleadas migratorias fueron más importantes otras circunstancias”, explica Annette Bösmeier, coautora del estudio.

 

Así, considera que resultó un factor menos relevante entre 1850 y 1855. Aunque el clima desfavorable afectó también a las cosechas, que fueron peores en esos años, hubo otros factores detrás de la subida de los precios de la comida. Durante la Guerra de Crimea (1853-1856), Francia prohibió la exportación de comida, una decisión que afectó a Alemania. Por otra parte, las autoridades de Baden, temerosas de que se produjeran revueltas, ofrecieron dinero a los ciudadanos más pobres para que se marcharan del país.

 

“La migración del siglo XIX fue un proceso complejo influenciado por múltiples factores. La falta de perspectivas económicas, la presión social, el aumento de población, las disputas religiosas y políticas, la guerra, los lazos familiares y la promoción de la emigración influyeron en la gente a la hora de decidir marcharse de su país. Sin embargo, vemos claramente que el clima fue uno de los factores principales”, concluye Glaser. Los autores vinculan los resultados de su investigación con lo que podría pasar en un futuro cercano si se cumplen las previsiones de los científicos sobre las consecuencias del cambio climático que, en la actualidad, está propiciando el incremento de gases de efecto invernadero. A medida que aumenten los fenómenos climáticos extremos, como huracanes, inundaciones y sequías, y suba el nivel del mar, millones de personas se verán obligadas a dejar sus hogares y a trasladarse a otros lugares.

 

Fuente: elmundo.es