Nueva York

Una “jaula de oro” cerca de la Trump Tower, retratos de inmigrantes colgados en faroles: tras recorrer campos de refugiados y filmar inmigrantes en todo el mundo, el artista chino Ai Weiwei celebra Nueva York.

Una ocasión para la que desplegó más de 300 obras en las calles de la mayor ciudad de Estados Unidos, tierra de inmigración por excelencia.

“Las buenas barreras hacen buenos vecinos” es el título de esta exposición que comienza oficialmente el jueves y durará hasta mediados de febrero, en forma de carta de amor a la ciudad-mundo donde Ai Weiwei vivió de 1983 a 1993, y nuevo ejemplo de su empatía con los refugiados del planeta.

“Tenía que ‘reembolsar’ mi amor a esta ciudad”, declaró el martes Ai WeiWei en una conferencia de prensa en Central Park. Quería rendir homenaje “a la ciudad donde todo joven artista tiene ganas de estar”, donde “uno nunca se siente extranjero”.

Y Nueva York le devuelve su amor, al tornarse santuario de protección de los inmigrantes que el gobierno de Donald Trump quiere deportar. Las autoridades municipales dieron un apoyo considerable a esta exposición, organizada por la asociación neoyorquina The Public Art Fund.

“Nueva York es la tela perfecta para el trabajo de Ai Weiwei”, que “nos hace reflexionar” y “favorece el progreso social”, declaró el alcalde demócrata Bill de Blasio en un comunicado.

Su esposa, Chirlane McCray, saludó por su lado una exposición que “atrae la atención sobre las divisiones de nuestro sistema político” y “confronta la xenofobia”.

Hay de todo en las piezas expuestas tanto en Manhattan como en el Bronx, Queens o Brooklyn por este artista polivalente de 60 años, sin duda hoy el artista chino más famoso del mundo: desde obras monumentales hasta banderas de vinilo que representan a ilustres inmigrantes fijadas a unos 200 faroles callejeros, pasando por rejas discretamente adosadas a paradas de autobús o fotos de refugiados del mundo entero expuestas en espacios habitualmente dedicados a la publicidad.

Entre las obras monumentales, la expuesta en la entrada sureste de Central Park ciertamente será del agrado de los turistas.

La “jaula de oro” -así se llama- tiene unos siete metros de alto. Toda en metal (naranja más que dorado), incorpora cinco torniquetes de metal gigantes que recuerdan los del metro neoyorquino.

La jaula es visible desde las alturas de la Trump Tower, donde habitaba en un apartamento con mucho dorado Donald Trump hasta su partida a la Casa Blanca en enero. “La hice dorada para que le guste”, dijo sonriendo el artista chino, antes de denunciar una serie de medidas anunciadas por el gobierno del exmagnate inmobiliario.

Estados Unidos “está intentando expulsar a mucha gente” y “el decreto migratorio, el muro que será construido entre Estados Unidos y México” son “medidas políticas impensables”, declaró Ai, que vive entre Berlín y Pekín.

“Vivimos en una época en la que no hay ninguna tolerancia, una (época) de divisiones, intentamos separarnos según nuestro color, nuestra raza, nuestra religión, nuestra nacionalidad”, agregó.

Otra obra monumental: una suerte de jaula con barrotes, plateados esta vez, erigida bajo el arco del Washington Square Park, cerca del apartamento en el subsuelo donde Ai Weiwei vivió un tiempo, en el Lower East Side.

Las jaulas y las rejas de Ai Weiwei tienen siempre no obstante un lado abierto, casi sutil: podemos entrar en la jaula de oro de cúpula redondeada, o atravesar la caja plateada, bautizada “Arco”, como perforada por un espejo gigante. O instalarnos como en una hamaca en su “Barrera circular” de 300 metros de largo, hecha con hilos de cuerda y montada al pie de la “Unísfera” del distrito de Queens, vestigio de la Exposición Universal de 1964.

En cuanto a China y a su gobierno, el artista, que fue encarcelado y luego asignado a prisión domiciliaria en su país hasta 2015, no parece querer tenerlos como blancos prioritarios.

“Cada vez me doy más cuenta de que los derechos humanos son generales, no solamente en China sino en el mundo entero”, declaró. “Siempre debemos ver a la humanidad como una sola (…) estamos todos conectados”.