CIUDAD DE MEXICO 

Mientras abundan las especulaciones sobre quien canceló primero las pláticas entre Peña Nieto y su homólogo estadunidense, o si serán en lo obscurito, el gobierno mexicano acelera la construcción del otro muro, el que nos separará de Centroamérica.

            La edificación de ese muro se ha iniciado de inmediato e incluirá, con la ayuda de los Estados Unidos y pactada con la nueva administración de Trump, según varios medios norteamericanos, “un equivalente de una ‘pared’ de alta tecnología en la frontera sur de México con Guatemala”. La idea es no dejar pasar un ilegal más desde el istmo centroamericano.

El presidente de México ha ordenado ya la aplicación en masa de deportaciones de centroamericanos y se ha comenzado a impedir el paso de migrantes haitianos, dominicanos y cubanos que habían tomado esa ruta hacia el “sueño americano”. Pero no parará el trabajo con un muro fronterizo en el sur, también la Secretaría de Comunicaciones y Transportes anunció el control de la ruta ferroviaria conocida como “La Bestia” utilizada por centenares de migrantes en su camino a los Estados Unidos con lo que pondrán una barrera más a este fenómeno social.

La administración de Trump ha entendido que el problema no es sólo la expulsión de miles de mexicanos que de alguna manera logran “saltar” de regreso a los EUA, sino los centroamericanos que son expulsados, no a sus lugares de origen, sino que los botan a la frontera mexicana, especialmente Reynosa o Nuevo Laredo en el Este y Tijuana y Mexicali, en el Oeste.

Estos migrantes al no encontrar una manera honesta de ganarse la vida, muchos de ellos han recurrido al asalto, al secuestro y a la extorsión, y en el peor de los casos se han integrado a grupos delincuenciales del crimen organizado. Muchos otros, secuestrados y esclavizados mientras pueden ser explotados. Algunos de esos indocumentados formaban parte de las llamadas maras en El Salvador, Nicaragua y Honduras y habían huido en busca de la protección que les brindaba el anonimato en Estados Unidos.

            En la frontera norte de México, nuestros connacionales, mientras tanto, están en condiciones de vulnerabilidad extrema, pues no sólo son atacados por las nuevas autoridades migratorias norteamericanas, también han sido abandonados por su propio gobierno.

Diera la impresión de que México está de acuerdo con los planes de Donald Trump para impedir la entrada de inmigrantes irregulares, no sólo mexicanos, sino de todos los que lleguen del sur.

Al parecer, Trump no haría lo que tiene planeado sin la complicidad del gobierno mexicano que conserva la esperanza de que a cambio de ese apoyo se soslayen los grandes escándalos de corrupción y violaciones sistemáticas a los derechos humanos y la situación de impunidad en todo nuestro territorio.

            Negociará, seguramente, las violaciones a la libertad de expresión, la drástica represión a los líderes políticos, encarcelados o asesinados; periodistas censurados, despedidos o muertos; matanzas atroces equivalentes a la Ley Patriótica de los Estados Unidos.

Como las antiguas tribus, Peña Nieto envió como una ofrenda de paz al conquistador blanco, a Joaquín “El Chapo” Guzmán a los Estados Unidos salvando muchos escollos legales y también a quien considera su delfín, Luis Videgaray, para que apacigüe la furia antimexicana del güero.

Mientras, el muro del sur avanza a pasos agigantados; trabajo callado, pero imparable, y que pagará el gobierno mexicano sin muchos panchos.