En lo que a veces parece ser más una telenovela de segunda, el panorama electoral sigue cada día más incierto, con los dos virtuales candidatos intercambiando acusaciones.

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Algunos pronostican que podría estallar un “amotinamiento” dentro del Partido Republicano provocado por las profundas fisuras que son resultado de la casi segura coronación de Donald Trump como su candidato presidencial en la Convención Nacional Republicana, a mediados de julio.

Casi segura porque aún se habla de un intento de último minuto para negarle la corona. Otros dentro del partido ya se dieron por vencidos; y algunos hablan abiertamente de trabajar contra su candidato.

La semana pasada George Will, tal vez el comentarista conservador más famoso en este país, columnista delWashington Post y otros medios; muy públicamente declaró que se retiraba del Partido Republicano cambiando su afiliación a independiente, y convocó a otros a trabajar para derrotar a Trump.

Otros, como el ex candidato presidencial republicano Mitt Romney confirmó el miércoles a CBS News que no votará por Trump.

Pocos se imaginan que la familia Bush lo apoyará (y hasta la fecha, ningún miembro de la familia real republlicana ha confirmado que asistirá a la convención).

Decenas más de republicanos reconocidos no piensan presentarse a la fiesta – algo casi impensable anteriormente.

Peor aún: varios patrocinadores empresariales – incluyendo Ford, General Electric y JPMorganChase – no están ofreciendo su apoyo en esta ocasión. “Con menos de tres semanas, la Convención Nacional Republicana de Donald Trump en Cleveland está en vías de ser la mas caótica de la era moderna”, reportó el Washington Post.

Mientras tanto, a sólo unas tres semanas de la convención, aún no se ha logrado confirmar a oradores mas allá de la familia de Trump y el gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie -quien se ha vuelto como su sirviente-.

Aparentemente pocos desean ser vistos en público con el virtual candidato en la magna fiesta del partido.

El mayor temor entre la cúpula republicana es que Trump les podría costar su actual control de una o hasta ambas cámaras del Congreso, y gran parte de la coreografía complicada en la que políticos electos que antes condenaron, o que hasta se habían burlado de Trump, de repente están buscando la manera menos incómoda de apoyarlo para preservar sus puestos.

A la vez, Trump ha sufrido un par de semanas pésimas, pues se descubrió que no ha desarrollado una maquinaria electoral nacional para su campaña, a esto se añade el despido de uno de sus coordinadores de campaña; un muy íntimo asesor; además de indicaciones de que en las encuestas se está desplomando.

Los principales medios se han dedicado a documentar una cada vez más larga lista de iniciativas y negocios empresariales de Trump que resultan ser engañosos, fracasos o hasta fraudulentos – desde la llamada Universidad Trump hasta varios proyectos, como supuestas organizaciones caritativas.

Su contrincante demócrata Hillary Clinton ha usado todo esto para atacar a Trump como un “farsante” peligroso y nada confiable.

Pero Trump ha respondido, como es su costumbre, agresiva y personalmente, destacando varios episodios en que la demócrata no sólo no ha dicho la verdad, sino que engañó. El magnate no se cansa de afirmar que ella es “una mentirosa de nivel mundial”, y parte de una cúpula corrupta.

Aunque Clinton, según los analistas más destacados, tiene todo para derrotar a Trump, todos saben que ella no goza aún de un apoyo ferviente y masivo entre sus propias bases. Justo como lo señala Trump, las encuestas siguen mostrando que la mayoría la ve de manera desfavorable.

A la vez, aunque no alcanza las proporciones de crisis de los republicanos, el Partido Democráta también sigue dividido internamente, algo que se demuestra explícitamente con la continuación del desafío sin precedente de Bernie Sanders y sus bases.

Sanders sigue convocando a su “revolución política” más allá de las elecciones para enfrentar los dos temas centrales de su campaña: la concentración de la riqueza y la desigualdad económica en el país y el mundo; y la corrupción del sistema político de este país como consecuencia.

Mientras reconoce que no será coronado como el candidato presidencial de su partido, Sanders ha rehusado respaldar a Clinton (ha llegado sólo a decir que votará por ella para derrotar a Trump); y no ha suspendido su campaña insistiendo en que llegará hasta la Convención Demócrata con el objetivo a corto plazo de reformar al partido y volverlo algo que represente a las grandes mayorías, sobre todo trabajadores, jóvenes e inmigrantes, y no sólo a Wall Street. Aún genera gran preocupación entre la cúpula demócrata si Clinton podrá atraer el voto de las bases apasionadas de Sanders, sobre todo los jóvenes.

Sin embargo, Nate Silver, el reconocido analista de tendencias de sondeos (famoso por ser el que pronosticó con casi absoluta precisión el triunfo de Barack Obama en las dos elecciones presidenciales anteriores) calcula que Clinton tiene una posibilidad de triunfar de 81 por ciento contra 19 por ciento para Trump.

Otros analistas coinciden que la demócrata tiene todo para imponerse. Pero nadie está apostando aún.

Pero Silver se equivocó recientemente con nada menos que Trump – en agosto del año pasado sólo le dio 2 por ciento de posibilidad de ganar la nominación republicana este año. De hecho, casi todos los “expertos” y encuestadores habían descartado repetidamente a Trump como candidato a lo largo de los últimos meses.

Por ahora, lo mejor que tiene cada candidato – y el único consenso dentro de cada partido – es el odio popular de sus bases hacia el virtual abanderado del partido contrario.