‘El hombre que sabía morir’ es un libro “sobre espías, alcahuetes, criminales y bastardos”.

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El mal, absoluto, profundo y terrible es el protagonista que impregna las páginas de El hombre que sabía morir, reciente novela del escritor argentino Miguel Bonasso (1940), publicada por Grijalbo. El comandante Fidel Castro, un banquero judío, los narcosatánicosen México y una operación clave de la CIA son algunos de los elementos enzarzados en esta trama. Incluso, un abstraído Cortázar tomando nota de las pintas en el París del 68.

Señora, esto es una novela; no es un libro de no ficción, respondió airado el autor a una ofendida mujer, redibujada en esta raigambre del thriller asentado sobre hechos que permanecen en los archivos oscuros de la humanidad. Las cosas no son tan rígidas como los manuales. Esta novela es fluida y contradictoria como la realidad, conversa en entrevista Bonasso.

Ante el panorama actual, donde el guión común en América Latina es el impulso de una ley de seguridad para que el Ejército haga funciones policiales, lo que sería de terror, resalta que la diferencia es que México atraviesa desde hace años una tragedia espantosa con cientos de miles de muertos. Y manifiesta: Me solidarizo con los periodistas mexicanos que se están jugando la vida todos los días.

Gobiernan los espías

Destaca con alarma que los espías son los que gobiernan; ese es el otro tema de este libro ligado con la actualidad. Es sobre espías, alcahuetes, criminales y bastardos.

Durante la investigación del contexto de hace cuatro décadas, relata, me puse a pensar que se estaban prefigurando ciertos horres del presente. Los decapitados y colgados de los puentes ya estaban presentes en Matamoros en el 89 y uno no se dio cuenta. De alguna manera, ahí estaba el huevo de la serpiente en México.

La noticia de la muerte del banquero argentino David Graiver en un sospechoso accidente aéreo cerca de Chilpancingo, Guerrero, en 1976, fue el hecho real que detonó la novela hace 40 años, en unas de las estancias de Bonasso en México, durante aquellos días en que aún era integrante del movimiento Montonero que se oponía a la dictadura militar en su país.

Tiempo después, el periodista Manuel Buendía dedicó una de sus columnas para argumentar que el hombre seguía vivo. Para esas fechas me quedó una pequeña cosa en la cabeza. Hasta que nuevamente en México, hace dos años, comenzó una apasionada escritura, que terminó en Buenos Aires.

No murió. Se bajó en la escala en Houston, le reveló un funcionario de la Interpol en una charla informal en el consulado. Y ahí comenzó a rodar vertiginosamente el relato que se inicia con un secuestro en el paraíso de Cancún. El tiempo y la geografía van y vienen, entre 1976 y 1989, cruzando por La Habana, Buenos Aires, París y Estados Unidos. Por supuesto, México en el ojo del huracán.

En la portada del libro se destaca al autor, periodista y ex diputado como el maestro de la no ficción, que ahora aparece con una novela, no la primera, de la cual revela: conecté muchas cosas de la realidad con la ficción. Vieja técnica de Alejandro Dumas o de Benito Pérez Galdós.

Al respecto, considera, el novelista es el rey, puede hacer lo que quiera. No es un libro de no ficción, donde tengo que contar los hechos tal como fueron. En este caso, me puedo tomar licencias de todo tipo, cosa que ha provocado la molestia de los familiares de Graiver. ¡Amenazaron con todo, la hoguera de la Inquisición!

Sin embargo, también requirió indagar profundamente sobre diversos episodios. Por ejemplo, la santería cubana y las ceremonias de grupos satánicos con sus rituales y orgías, ¡cosas tremendas! ¡Uy, uy, uy! Esto se pone cada vez más interesante. Cuando uno escarba salen cosas alucinantes.

Más de una docena de obras aparecen en el listado de su autoría. Siempre me gustó mucho novelar, contar historias, verdaderas o de ficción. Pero creo que así como la ficción puede modificar para mal la realidad, o sea, enmascararla, también puede descubrir cosas al jugar con otra libertad.

El autor de 77 años juega con sobres vacíos de azúcar y no mantiene quietas las manos mientras conversa animadamente en una de sus frecuentes visitas a la Ciudad de México. Entre la puntualidad literaria, asaltan la charla las anécdotas casi novelescas de su biografía, como la cita de Julio Scherer para entrevistar al líder de la organización guerrillera Montoneros o el día en que se impidió el escape de Ricardo Cavallo, perseguido por sus actos represores.

La primera vez que Bonasso llegó a este país fue en 1975 del siglo pasado. Qué vida rara que tenemos, ¿no?, recuerda que le comentó entonces un compañero mientras divisaban el paisaje en Teotihuacán. Un día estamos en el cementerio de Morón, en Buenos Aires, haciendo pintadas, y otro día estamos en la pirámide del Sol en México. Es un poco surrealista, recrea el diálogo con el marcado acento argentino.

Una quiebra y un desastre

David Graiver, recuerda Bonasso, era un banquero multimillonario, a quien incluso conoció, pues fue fundador de La Opinión, diario donde Miguel trabajó como periodista cuando ambos rondaban los 30 años. Yo sospechaba que trabajaba para la Mossad (agencia de inteligencia israelí), pero al mismo tiempo se convierte en banquero de los Montoneros, que le confían 17 millones de dólares producto de dos secuestros.

Un fiscal en Nueva York aparece en escena, quien investigaba la quiebra de dos bancos de Graiver en Estados Unidos, la cuarta en importancia en la historia bancaria estadunidense. Siempre que hay un desastre hay que buscar un argentino, bromea animado.

Y de repente, el avión en que viajaba el banquero desaparece en las montañas mexicanas. Sólo encuentran pedazos. Bonasso se preguntó, ¿cómo sería alguien que simula que murió?La incertidumbre ahí quedó, en el diván de los recuerdos, porque en ese momento estaban todas las urgencias del proceso, pensábamos que íbamos a tomar el poder, a hacer la revolución, una serie de cosas que no se dieron.

Hasta que el hombre regresó de la muerte convertido en una sombra que se cierne sobre toda la trama, e inició una novela fascinante que pretende atrapar al lector. “Llegué hace dos años a México desde Buenos Aires. Empecé a escribir como loco. Con furia, apasionado, dije: ‘si yo me divierto tanto, el lector se va a tener que divertir’”.

La novela aspira a mostrar todo un contexto, la diferencia con el ensayo histórico es la encarnación del bien, del mal, de lo ambivalente, con personajes concretos, en este caso muy siniestros.

Sigo utilizando el periodismo y la literatura como arma para encontrar la verdad y para denunciar. Esta no es una novela inocente. Al mismo tiempo no es cuadrada, que imponga una posición ideológica con la que el lector tenga que comulgar.

En cambio, debe sacar sus propias conclusiones, emocionarse, simpatizar.