Un cuadro, profundamente humano, en el grupo de mílites, que reclaman justicia y una visa humanitaria para lograr su ciudadanía estadounidense como razón fundamental por servir a este país, incluso, poniendo en riesgo sus vidas en frentes de guerra. Imágenes para la reflexión de sus parientes, entre ellos niños, que aguardan su ingreso a la Tierra Prometida, para estar nuevamente con ellos. Este escenario, conmovedor, en la garita de San Ysidro, mientras esperan ansiosos la decisión de las autoridades, hasta que nuevamente vino la desilusión: “Nos regresaron a México”. Sin embargo, hoy más que nunca la esperanza está latente, porque se han abierto otros frente para redimirlos: en el terreno legislativo y con Obama, al que piden una orden ejecutiva. Un problema grave, que el gobierno no asume con plena conciencia, afirman parientes.

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SAN YSIDRO, CAL.

Siempre no. El primer grupo de veteranos que intentó regresar a Estados Unidos, por el que pusieron en riesgo sus vidas, vio frustrado su intento, pero no sus esperanzas.

El precedente que iban a sentar, quedó atrapado en un signo de interrogación.

Fueron nueve, y en ellos estaba puesta la mirada, el sueño, el interés de al menos 100 mil militares, que estuvieron en campos de batalla, en Vietnam, Iran, Irán, Afganistán, Kosovo,  pero que por cometer algún ilícito fueron deportados.

Hicieron larga fila para llegar a los oficiales de inmigracioón de la garita de San Ysidro. Cada uno portaba su expediente legal, que le habían preparado la Unión Americana de Libertades Civiles. Sabían lo que iban a decir y a pedir: una visa humanitaria, para luego encaminarse hacia la obtención de la ciudadanía estadounidense, a la que tienen derecho por sus méritos en favor de este país.

Unos, incluso, lucieron sus medallas, que les dieron por actos hasta heróicos en los campos de batalla. Son su timbre de orgullo.

Y quedaron ante oficiales de inmigración. Hubo revisión de documentos, preguntas y más preguntas de ambas partes.

Allí estaban Mauricio Hernández, Héctor Barajas, Tony Romo, Erasmo Apodaca, Enrique Salas, Jaima Juárez, Andy de León y Félix Peralta.

Todos, jóvenes. Algunos hasta con 15 años de estar fuera de Estados Unidos, como es el caso de Héctor Barajas, quien podría ser el primero en lograr la ciudadanía.

Su padre, Natividad Barajas, espera impaciente a su hijo. Tiene cerca su camioneta para llevarlo a Los Angeles. Y hace saber que ya en dos ocasiones, su vástago fue permitido ingresar a Estados Unidos a tramitar la ciudadanía. Siempre, acompañado por personal de inmigración.  Lo llevan a la oficina y lo regresan a Tijuana.

Ahora, espera la cita para que le digan cuándo logrará el ansiado documento.

Natividad, de 65 años, oriundo de Fresnilo, Zacatecas, cuenta que fue obrero y ahora está retirado. Con 40 años de residencia en Los Angeles, ya tiene la ciudadanía, al igual su su esposa y sus otras dos hijas.

El no puede reclamarlo para lograr ese status por estar deportado, además de que Héctor quiere luchar con sus propios medios.

Barajas  fue parte del Batallón 182 Helitransportado y  fue deportado a México  por haber disparado un arma en la vía pública. A diferencia del resto de sus colegas, él encontró trabajo en Tijuana por su juventud y fortaleza, como encargado de una casa de retiro para norteamericanos jubilados en Rosarito, donde fundó la organización denominada Banished Veterans o los Veteranos Desterrados.

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Hijos de veteranos deportados.

ANSIA FAMILIAR

Apenas a pocos metros de la salida de los que ingresan a California, procedentes de México, estaban parientes de los nueve veteranos, líderes comunitarios, defensores de derechos humanos y civiles, el abogado en inmigración Alan Diamante. Esperaron hasta cuatro horas para tener noticias de ellos.

Allí se encontraba, enhiesto, Gio Galarza, luciendo con orgullo su uniforme militar y sus condecoraciones. Por su conocimiento, experiencia en la trinchera y facilidad de palabra, era asediado por reporteros.

Sentados en el suelo, comiendo hamburguesas y papas fritas, media docena de niños, hijos de los veteranos deportados, con una playera negra que clama justicia para ellos. Su mirada es vivaz.

Allí lucían pancartas que pedían amnistía para veteranos, pero la que portaba Oscar Muñoz – de rostro rojizo, con uniforme verde olivo, bigotón, cara cuadrada- era sugestiva:

“Estados Unidos debe estar a la altura del credo de Abraham Lincoln para cuidar del que ha estado en los campos de batalla. Estados Unidos deporta a veteranos y hay que darles sus derechos que merecen por ley. 22 veteranos se suicidan todos los diarias por el trastorno de estrés post traumático”.

La espera llega a la angustia. Apenas veían venir un grupo próximo a salir a la calle y surgían los comentarios impregnados de esperanza: “¡ Ya vienen…Ya vienen!”. “No, no son..”. Y así, hora tras hora.

Salió Carlos Rodríguez, quien habló con oficiales de inmigración y comunicó que le habían dicho que estudiaban los casos, que había que esperar. Y vinieron más horas, pero con la fe de que saldrían todos. “Eso anima”, dijo uno de ellos.

Más tarde, la joven Stephany Rabara, hermana de un deportado, comunicó que él, por teléfono, le dijo que iban por buen camino.

Hasta que, finalmente, llegó la llamada a una madre, quien puso el altavoz para que todos los presentes escucharan: “ Nos regresan a México. Estudiarán cada uno de nuestros casos y nos llamarán a cada uno”.

El grupo se desplazó a México de inmediato a encontrar a sus seres queridos, a abrazarlos, a besarlos, a sentirlos.

VENDRAN MAS

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El veterano Oscar Muñoz.

Hace poco, un veterano deportado intentó y logró ingresar a EU y obtener la ciudadanía.

Ayer, fue la primera tentativa a nivel de grupo. Hay tal confianza en que lograrán su cometido, que Natividad Barajas afirma que después más harán lo propio con frecuencia.

Por lo pronto, se advierten avances en otros frentes: en el terreno legislativo unos congresistas formulan ya una iniciativa para permitir la entrada y la legalización migratoria de los veteranos.

Y , además, al presidente Obama se le pidió este día que expida una orden ejecutiva en favor de los veteranos deportados.

“Si Obama quiere honrar a los veteranos, debe frenar las deportaciones y repatriarlos, porque los afectados han sido leales al país y pusieron en riesgo sus vidas por defender a Estados Unidos”, aseguró Héctor Barajas, director de Veteranos Deportados,  que apoya una casa en Tijuana , dondes alberga a decenas.

Incluso, agregó, una decisión presidencial de esta naturaleza tendría el apoyo bipartidista.

INCOMPRENSION OFICIAL A PROBLEMA PROFUNDO

Es un escenario que desgarra la conciencia y llama a la reflexión: ¿Por qué tantos delitos cometidos por veteranos?

Gio Galarza, quien estuvo en misiones bélicas en en varias naciones del Medio Orienta, explicó: en los frentes de guerra, los mílites cambian radicalmente el escenario de su vida: hay una disciplina rígida, un enfrentamiento diario con la muerte,  altas y bajas de adrenalina, dolor extremo al ver fallecer al compañero de al lado. Estar alerta las 24 horas. Imágenes que trastornan los sentidos y que dejan huella.

Y cuando regresan a sus hogares, a sus barrios, a sus ciudades, ven cambios. Ya no es lo mismo de antes. A sus trastornos de estrés post traumáticos, se agregan lesiones en el alma por rupturas familiares, deslealtades, faltas de amor, de comprensión, expectativas a la baja, inadaptación, incomprensión.

Seres golpeados severamente por la bancarrota, por síndromes de la ruina. Caldos de cultivo de lo no permitido.

Un problema, profundamente humano, que la autoridad estadounidense no asume en toda su extensión, hondura y comprensión, es la pregunta que atosiga a  amigos o parientes de los veteranos deportados.

 UN PROBLEMA QUE SIGUE CRECIENDO.

Son miles de veteranos deportados a 25 países, aunque la cifra no se ha precisado por parte de las autoridades migratorias. El abogado Alan Diamante afirma que cifras precisas no las hay, sólo estimaciones y las conservadores indican que pueden ser más de cien mil, desde 1966.

Mayoritariamente son mexicanos, pero también hay centroamericanos y europeos. Ingresaron a las filas castrenses para lograr su legalización migratoria.

En su su mayoría llegaron de niños o adolescentes a Estados Unidos, hablan perfectamente el inglés, incluso mejor que las lenguas de sus países de origen, asumieron sus costumbres, cultura y valores. Prueba de su asimilación es su correspondencia al país, incluso, arriesgando su vida en conflictos bélicos, de acuerdo a lo expresado por diversos deportados.

Ahora, queda un compás de espera con angustia a la espera de la decisión de las autoridades migratorias.

Ciudadanía y beneficios demandan los militares deportados.

Algunos, incluso, ya tienen otro beneficio mayor: la tranquilidad.

Mauricio, según cuenta su madre, estuvo sumido y presa de la tribulación, porque cada que llegaba del campo de batalla a casa encontraba que su esposa estaba embarazada, pero no de él. Y así fue en dos ocasiones. Se divorció y su nueva esposa resultó peor.

En Tijuana, Mauricio encontró una mexicana y ha formado una pareja estable. Ahora sonríe. Lejos de los problemas bélicos, del trato diario con la muerte bajo la lluvia de balas y morteros, y más cerca que nunca del amor.

Está salvado, dice, ufana, su madre.