“La única manera de conocer realmente a un escritor es a través del rastro de tinta que va dejando” me dijeron, y yo he dejado correr mucha desde mis cuentos o poemas infantiles hasta el momento en que el invierno ha ido ganando espacio a las estaciones que le precedieron. Mi alma la he dejado plasmada en mis libros y el alma de los que me leen es atrapada en esas obras.

El alma de quienes me leen están prendidas; sí, tu alma, la que se esconde en tu mente, en tu pensamiento, en tu subconsciente, ha quedado aprisionada mientras lees, sueñas, disfrutas de cada una de mis letras, palabras, frases, oraciones, cuentos, novelas.

Anhelo en ocasiones dejar leer o de escribir, pero entonces, pienso, dejaría de ser yo mismo.

         Leer me da la oportunidad de volar a través del tiempo y el espacio, y escribir es consecuencia de mi compulsión lectora, además de valentía para soportar que me ignoren, insulten, desprecien y hasta me lean.

Observo el cielo que cubre el valle de Cuernavaca. Es de madrugada; apenas las 5:30. Las nubes que amenazaron con convertirse en lluvia son ahora puentes de luz gris y mortecina, transformándose en un mosaico de luces de colores.

Entre golpe y golpe al teclado veo bajar desde la ventana la niebla reptando por los tejados de las casas que integran mi espacio.

         Hace apenas unas horas esos nublados eran la esperanza para calmar el abrazador viento que llegaba de la costa del Pacífico. Mar de nubes rojas que como un manto de sangre derramada por este valle de Morelos amenazaba tormenta y terminó en una retícula de luces blancas. Abanico de cuchillos de luz que atravesaba las tinieblas.

La misma madrugada me trae los recuerdos necesarios para descargarlos en el teclado. Pienso que escribo para matar la soledad del alma o para creer que las líneas que plasmo en el papel llegarán a mi sueño imposible. También escribo para los lectores que esperan de mí el espejo de su pensamiento.

Orhan Pamuk arranca su novela La vida nueva con la frase: Un día leí un libro y toda mi vida cambio; mientras que Jorge Luís Borges diría que escribir es “vivir en una especie de sueño”.

         Mi religión han sido los libros y cuando me vaya llevaré uno abrazado a mi pecho -para el viaje- además de la Cruz de Naufragio para que me reconozcan los amigos marinos que se adelantaron. Creo en Dios, aquel que vive en los libros y en aquellos que los leen, que sorben de ellos un pedazo del Eterno.

Amo mis libros, no sólo los que leo cuando toca que les dedique tiempo, que es bastante; también los que he escrito en forma de cuentos, compilación de escritos, poesías o novelas. He llegado a conclusión de que leer me une a Dios.