Elie Wiesel nació en Rumanía en 1928 y falleció en Nueva York el pasado 2 de julio. Fue sobreviviente de Auschwitz, infame campo de concentración situado en la provincia de Alta Silesia en Polonia, al que ingresó cuando tenía 15 años.

Hace escasos cinco años murió Jorge Semprún (1923-2011), sobreviviente de Buchenwald, el campo situado cerca de la ciudad de Weimar, en la parte central de Alemania, lugar en el que vivió Goethe.

Otro conocido sobreviviente, el escritor Primo Levi (1919-1987), se unió a la resistencia Italiana en 1943 y a principios del año siguiente fue enviado a Auschwitz, donde fue utilizado como químico que era. Fue de los pocos vivos hallados cuando el campo fue liberado en 1945.

Estos tres personajes son figuras emblemáticas de la variada multitud que fue exterminada por los nazis en la Segunda Guerra Mundial; Semprún por ser miembro de la Resistencia francesa, Levi y Wiesel por ser judíos. Había otros, muchísimos más, de muy distintas proveniencias: nacionales, étnicas, ideológicas.

A lo largo de su vida, Wiesel representó asiduamente a aquellos hombres y mujeres, en su mayoría anónimos, que padecieron la política de exterminio del régimen nazi. Lo hizo dedicándose a escribir, a enseñar y a una intensa labor como activista político –recibió el Premio Nobel de la Paz en 1986.

Promovió la Fundación de Derechos Humanos en Nueva York y fue miembro durante un largo periodo del Consejo Directivo del Comité Internacional de Rescate, organización creada a instancias de Albert Einstein para asistir en las crisis humanitarias, incluyendo la actual crisis de los refugiados que llegan a Europa. Contribuyó en la creación del Museo del Holocausto de la ciudad de Washington.

Semprún encontró un resquicio en la política, sobre todo como miembro del Partido Comunista Español en la clandestinidad. También en la escritura que le sirvió, según dijo él mismo, para sobrellevar la vivencia del campo de concentración. Es una figura controvertida. Su trabajo literario fue extenso y diverso; quien no haya leído su libro titulado La escritura o la vida, debería hacerlo, como un testimonio personal, histórico y humano.

Uno de los más conocidos libros de Primo Levi lleva como título un cuestionamiento esencial acerca de la experiencia que tuvo en el campo: Si esto es un hombre. Ahí trata de la enorme capacidad de ejercer la violencia y de denigrar metódicamente que puede tener un ser humano en contra de otro. Levi cayó de la escalera de su casa en Turín, en lo que parece haber sido un suicidio.

La muerte de Wiesel acerca de modo irreversible el fin de una generación. Este hecho significa la mengua de la relevancia de lo que se suele llamar como lecciones de la historia.

La historia trata del tiempo, pero este puede ser también uno de sus verdugos; la memoria viva se va perdiendo y se abre un mayor espacio para la interpretación y el revisionismo al servicio de causas innobles. Así se va imponiendo la ignorancia, la indiferencia por el sufrimiento de los otros, el prejuicio, la intolerancia, el fanatismo. Las muestras de todo esto son hoy un asunto patente. Paul Klee pintó al Ángel de la Historia como un ente alado que es impulsado por el viento permanentemente hacia delante.

Wiesel sostuvo que siempre había que tomar partido, que la neutralidad solo ayuda a los opresores y nunca a las víctimas. Que el silencio alienta al que atormenta. Es por eso que no se puede olvidar y mucho menos ser indiferente; en este caso, que no puede olvidarse el significado de lo que él mismo vivió.

Tenía muy claro que era un refugiado y que esa condición no es nunca algo popular. Y, sin embargo, añadía que en general se admite la idea del refugio, que se debe luchar por el refugio, que todos necesitamos de él. La actividad a la que dedicó su vida tiene ahora, todavía, una fuerte resonancia. Y la tendrá en el futuro previsible.

En este diario se publicó un relevante artículo de J. C. Ruiz Guadalajara titulado Adolfo Hitler: ¿ya llegó el que andaba ausente? (9-07-2016). Ahí trata de la reciente reedición de Mi lucha, luego de que expiraron los derechos de autor que adquirió el gobierno alemán de Baviera al final de la guerra y con duración de 70 años.

Parece una ironía de la historia que esto ocurra precisamente cuando la generación de Wiesel está al borde de la desaparición y con ella los testimonios y la memoria viva. Parece también una ironía que esto ocurra cuando Europa está inmersa en una profunda crisis política, económica y social; cuando enfrenta el riesgo de una posible desintegración luego del Brexit; cuando llegan a su territorio miles y miles de refugiados de Medio Oriente y de África y las tensiones xenófobas y nacionalistas resurgen con brío, junto con los movimientos de extrema derecha, algunos de corte neonazi.