CIUDAD DE MEXICO
En el intercambio entre Trudeau, Obama y Peña, en el marco de la Cumbre de Líderes de América del Norte, pudimos apreciar la épica vapuleada que se llevó el mandatario mexicano por parte de dos de sus socios comerciales más importantes.

El primer rapapolvo se lo llevó al insistir en aprovechar su estancia en Canadá para arremeter contra los maestros que rechazan su llamada reforma educativa. Desde el lunes 27 de junio, luego de que fue recibido con gritos de ¡Asesino! en Quebec, el Presidente, alevosamente, sin recato y como si nadie se hubiera enterado de la masacre de Nochixtlán, aseveró: “Es lamentable que las manifestaciones que hemos visto en diferentes lugares de nuestro país… específicamente en el estado de Oaxaca… que van más allá de simplemente luchar por una causa… estén causando problemas a la comunidad a la que pertenecen”, y con ciega soberbia, ese mismo día sentenció: No habrá diálogo con los maestros sobre la reforma educativa.

Al día siguiente, en conferencia de prensa conjunta con su homólogo canadiense, Peña Nieto sacó provecho de una pregunta de los medios acerca del conflicto magisterial en México, para descalificar de nuevo a los disidentes, y de paso, desde allá, mandar a decirles: Yo los llamaría para llevar a cabo su función social(sic de sintaxis). Ciertamente, Trudeau pudo no decir nada, pues la pregunta no era para él, pero como cuando alguien habla mal de tu profesión, sin saber que lo está haciendo ante alguien que se asume orgullosamente como parte de ella, el mandatario canadiense no se la dejó pasar y dijo que él también era maestro y soltó otro llamado, pero para Peña Nieto, instándolo a entablar un diálogo constructivo y fortalecer el estado de derecho en aras de solucionar el conflicto magisterial. Trudeau dijo:Obviamente, como maestro que soy, sostuve una buena conversación con el presidente al respecto, en torno a los preocupantes incidentes, pero también sobre la necesidad de entablar un diálogo constructivo y garantizar el fortalecimiento del estado de derecho.

Al día siguiente, en la conferencia de prensa conjunta de los tres mandatarios presentes, queriendo colgarse de la agenda política estadunidense y la candidatura de Trump, Peña Nieto dio otro paso en falso al intentar hacer frente común con Obama en contra del populismo. Un Peña Nieto muy sobrado la emprendió contra líderes populistas y demagogos (que en su insomne obsesión quiere decir Andrés Manuel López Obrador), repitiendo el mismo discurso hueco, pleno de calificativos sin sustancia, pronunciado en la ONU y resonando lo dicho en su tercer Informe de gobierno: “…que esos liderazgos (políticos), recurriendo al populismo y la demagogia, vendieran, en respuestas muy fáciles, las eventuales soluciones a problemas que enfrenta el mundo de hoy, lo cual no es así de simple ni así de sencillo. Llevar las riendas de un país, asumir la responsabilidad de gobernar, es algo más que dar respuestas sencillas; es complejo y difícil” (resic de profundidad y sintaxis).

Obama, quien ya se había referido a la pregunta que dio pie al discurso de Peña Nieto y pudiendo dejar pasar las palabras del mandatario, decidió, probablemente por razones semejantes a las de su homólogo canadiense, intervenir de nuevo y responder de frente a los comentarios de Peña Nieto. El presidente Obama fue implacable. Comenzó por recomendar recurrir a un diccionario para acceder a una definición de populismo; enlistó sus preocupaciones por la desigualdad, la injusticia y la impunidad y remató con una demoledora afirmación:Supongo que eso me hace ser un populista. Por si fuera poco, avanzó aún más al advertir que el calificativo de populista se lo gana quien ha luchado por defender a los trabajadores y ampliar oportunidades para más personas, y de paso reivindicó a Bernie Sanders, quien se merece ese título, pues él sí ha luchado genuinamente por ello, y yo comparto esos valores y objetivos.

Lo sucedido tiene mar de fondo, pues representa un golpe seco de dos mandatarios amigos a lo que ha sido el discurso y la actuación reciente del gobierno mexicano. Por un lado, Trudeau prefiere ser identificado con los maestros disidentes que demandan un diálogo resolutivo y respeto a sus derechos humanos, políticos y laborales, antes que ser identificado como próximo a la postura autoritaria y represiva del gobierno de Peña Nieto contra los profesores. Por el otro, Obama prefiere reivindicarse como populista y ser reconocido del lado de quienes buscan un cambio para México, antes que con Peña Nieto, sus masacres y su corrupción.

La bochornosa posición del presidente mexicano va más allá de su nueva exhibición de inconsciencia, incapacidad, oportunismo sin tacto e ignorancia. Cuando Tureau le reviró: yo soy maestro, y Obama le sorrajó: yo soy populista, ¡ambas figuras antagónicas al decir y al hacer de su gobierno!, Peña Nieto quedó no sólo mal parado, sino muy cerca de la condición de soledad, orfandad y confusión que el talentoso Rockdrigo nos regalara con su poesía hecha canción: aturdido por el ruido, en su interior bien perdido, tan sólo un disco rayado, con volumen muy histérico, sin saber para qué lado: ¡como un perro en el Periférico!