El Ídolo de México, el Inmortal, estos son algunos de los sobrenombres de Pedro Infante es uno de los personajes más queridos y reconocidos del Cine de Oro mexicano; el día que murió, un 15 de abril de 1957, millones de personas lloraron su muerte y otras tantas incluso tuvieron que ser atendidas por la Cruz Roja.

Causó desmayos, insolación, crisis nerviosa y golpes, siete personas fueron hospitalizadas, entre ellas, su hermana, quien perdió la conciencia por la impresión y se recuperó unas horas después.

A 61 años de su muerte, en un avionazo en Yucatán, El Universal publicó un texto que recuerda aquella pérdida que resonó en una gran mayoría de corazones mexicanos.

“Varias de las inconsolables admiradoras de Pedro sufrieron desmayos en el momento preciso en que salía el ataúd del aeropuerto”, describió el diario en 1957.

“Las mujeres lloraban llevando a sus hijos en brazos; los hombres apenas contenían las lágrimas y en sus rostros eran visibles las expresiones de profundo dolor.

“Durante 90 minutos, la gente del pueblo y la policía sostuvieron una lucha, pues los fans del artista querían estar lo más cerca posible de los restos de Pedro, pero los granaderos trataron de contener la euforia, esto desesperó a la gente que finalmente burló a los cuerpos de seguridad”, quienes repartieron macanazos para mantener el orden. Gran parte del medio centenar atendido en la Cruz Roja fueron lesionados por la policía.

“La gente se entusiasmó y olvidándose que se trataba de un sepelio, empezó a lanzar gritos: ‘¡Ya llegó Pedro!, ¡Ya llegó Pedro!’”, dice el texto.

Allá en el Panteón Jardín donde permanecen los restos, Rodolfo Echeverría, secretario general de la Asociación Nacional de Actores, dijo una conmovedora despedida:

“Tu vida apasionada y agitada vibró siempre con entusiasmo, entregándote cabalmente al amor de tus padres, hijo modelo; de tus hermanos, pariente ejemplar; de tus hijos, padre tierno y delicado; de tus amigos, amigo generoso y noble; de tus compañeras en la vida, amante arrebatado; de tu carrera , actor pundonoroso ; y si a veces no fuiste razonable, si nada de la vida te quedó oculto, es que amaste mucho, intensamente, con el calor y la enjundia de los hombres de tu Sinaloa querida”, dijo.

Y cuando finalmente iba a ser enterrado, “cuando se dio la orden para el descenso de la caja mortuoria” que contenían los restos desfigurados del Ídolo, “y la multitus se hallaba estremecida de dolor, empezaron a escucharse las voces de grupos de mariachs que entonaban Amorcito Corazón. Las notas de las guitarras fueron cada vez con más vigor y llegó el momento en que todo el pueblo entonaba la melodía”.

A 61 años desde su partida, su tumba está apacible, pero todavía despierta pasiones, aún se le programa en la televisión; su mito ha superado los años, y hay quien, incluso ahora, sigue pensando que no está muerto. Y no, no lo está.

MONSIVAIS E INFANTE

El 21 de febrero del 2009, el escritor mexicano -hoy extinto- Carlos Monsiváis estuvo en Cartagena invitado por el Hay Festival. Entre charla y charla, el cronista también habló de “Pedrito”.

Monsiváis, experto en desmenuzar la cultura popular, se dedicó a estudiar la figura de Infante, vio el centenar de películas que filmó y terminó por escribir el libro Pedro Infante, Las leyes del querer (Aguilar), una crónica mezclada con ensayo en la que describe la vida de Infante a través de sus películas y canciones. Monsiváis estuvo en Cartagena invitado por el Hay Festival. Entre charla y charla, el cronista también habló de “Pedrito”.

¿Por qué le interesó Pedro Infante?

Me ha acompañado siempre, como a todo mexicano. Infante ha sido, más que una gran personalidad, una atmósfera de “lo mexicano”. Empecé a trabajar en su historia sin un entusiasmo excesivo. Pero cuando revisé sus películas (las vi todas), el personaje me entusiasmó. Tiene un buen número de desastres artísticos, películas notables y una voluntad de cambio extraordinaria. Es emblemático. Representa casi con exactitud el tránsito de lo rural a lo urbano.

Usted dice que la música era su ideología.

Lo era. Infante no iba a filosofar sobre la vida, pero sí podía cantar: “Qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede. Yo sabía que en la revancha te tenía que hacer perder”. Las canciones rancheras facilitan la “filosofía de la vida” (con todas las comillas del caso) y hacen que los cantores y los intérpretes no tengan que esforzarse demasiado. Para qué decir “Hay días en que somos tan lánguidos, tan lánguidos, que nos depara en vano su carne una mujer”, cuando se puede cantar: “Necesito dinero, pero mucho dinero”.

Monsiváis inicia su libro con una crónica del entierro del cantante. Ha muerto Pedro Infante. El ídolo. El novio. El amigo. El pariente. El mexicano que nunca-va-a-dejar-de-serlo. “Su muerte es un acontecimiento más mitográfico que mitológico, relacionado con hechos reales y fantasías colectivas -dice el escritor-. Infante muere a los 40 años, antes de que la vejez lo decapite, en un accidente aéreo, producto de su vocación de riesgo. Su entierro deja ver por primera vez que él pertenece a una categoría distinta a lo que se ha conocido”.

En el siglo pasado México presenció dos entierros famosos, según Monsiváis: el del poeta Amado Nervo, que reunió a unas 250 mil personas (“para 1919, una fantasía demográfica”), y el de Infante, que llevó a 150 mil dolientes. “En las penumbras de su muerte, surgió Infante irrebatible”.

¿Él era consciente del mito que estaba creando?

Imposible que no. Nadie puede ver esa acumulación de idolatría sin pensar que es alguien distinto. Desde que empezó su carrera cinematográfica, a Pedro Infante no lo siguió nunca la indiferencia. Y la ausencia de indiferencia hace a las personas conscientes de ser algo distinto. Donde se presentaba era un escándalo de la buena voluntad, de la admiración, del afecto, del amor. Era “Pedrito”. Como fenómeno irrepetible, su entierro fue la culminación. No volvió a verse un entierro así. Cantinflas sólo llevó la tercera parte de la gente.

¿En qué radicaba su fuerza?

Si es que lo mexicano existe (a veces creo que no), está representado en Infante. La pobreza digna, la imposibilidad de la riqueza, la lucha contra la autoridad, el fracaso envuelto en lágrimas para terminar redimido por las canciones. Su lugar de nacimiento, en el norte de México, le da esa primera atribución de carácter franco, sencillo y solidario. Nada escurridizo ni mañoso.

‘Pedrito’ no era un gran cantante, opina Monsiváis, pero sí un gran intérprete de las emociones contenidas en las canciones. Jorge Negrete, por ejemplo, tenía potencia en su voz, pero no transmitía la misma emoción. “Infante es una parte importante de la educación sentimental de América Latina”, agrega el escritor. Su vida personal, sin embargo, le interesó menos: una larga sucesión de amores perseguida por su incapacidad para dejar a su primera esposa.

Al ponerle fin al libro, ¿qué le impresionó más de Pedro Infante?

La falta de distancia entre lo que decía que era y lo que era. Estaba convencido de ser un ídolo y representar al pueblo. Su única ideología fue esa: sentirse pueblo. Ahora eso es algo incomprensible, pero él lo fue genuinamente. Nunca pudo salirse de esa representación. Las películas en las que interpretó a ricos (ahí le doblaban la voz), fueron un fracaso. No le eran dadas las interpretaciones más que de la clase la popular. Algunos afirman “soy del pueblo, pero no tanto”. Pedro Infante lo era, en abundancia.

La estrella y el mito

Pedro Infante -la estrella del cine mexicano en su época de oro- murió el lunes de Semana Santa de 1957, cuando el avión en el que volaba como copiloto se accidentó en Mérida (Yucatán). Tenía 40 años. Fue el final del actor y el nacimiento del mito.