La crisis amarga y el reclamo por un mundo nuevo pone presión al capitalismo, dicen economistas

August 1, 2020 - por

La crisis amarga y el reclamo por un mundo nuevo pone presión al capitalismo, dicen economistas

Manifestación en el distrito financiero de Frankfurt am Main, Alemania. (Sean Gallup/Getty Images)

¿Está el capitalismo en su recta final? Si es así, ¿qué podría reemplazarlo? Y si perdura, ¿cómo se enfrentará a la futura crisis social y medioambiental? Desde ángulos diferentes, tres libros abordan estas preguntas, y un cuarto revisa la historia.

He aquí tres libros que analizan la figura del capitalismo y uno que revisa la historia de la Rusia imperial.


libro1Foretelling the End of Capitalism

Francesco Boldizzoni

Harvard University Press, 2020

libro2The Economics of Belonging

Martin Sandbu

Princeton University Press, 2020

libro3Trade Wars are Class Wars

Matthew Klein y Michael Pettis

Yale University Press, 2020

libro4Bankers and Bolsheviks. International Finance and the Russian Revolution

Hassan Malik

Princeton University Press, 2020


La salida de Estados Unidos de la hegemonía coincide con muchas profecías sobre el fin del capitalismo que son tan antiguas como el propio capitalismo. Este entró triunfante en el siglo XXI, con su rival comunista sepultado en el basurero de la historia. Pero la gran recesión que siguió a la crisis financiera de 2008 y el agravamiento de la desigualdad han socavado la fe en él y revivido las preguntas sobre sus perspectivas a largo plazo. ¿Está el capitalismo en su recta final? Si es así, ¿qué podría reemplazarlo? Y si perdura, ¿cómo se enfrentará a la futura crisis social y medioambiental y los inevitables costes de la “destrucción creativa”?

Tres libros abordan estas preguntas complejas, desde ángulos diferentes pero complementarios, y un cuarto revisa la historia de las relaciones de la Rusia imperial y de la primera etapa de la bolchevique con sus acreedores occidentales, plus ça change…  

En Foretelling the End of Capitalism, Francesco Boldizzoni hace un recorrido por las predicciones fallidas de los agoreros del fin del capitalismo, centrándose en explicar por qué claramente subestimaron su durabilidad obstinada. Desde Karl Marx hasta la actualidad, muchos de sus críticos han demostrado estar equivocados, no por la eficiencia económica de este o cualquier valor intrínseco de los mercados, sino porque está arraigado en las individualistas estructuras jerárquicas de las sociedades occidentales modernas. Su viaje tiene dos objetivos, “explicar por qué fallan las previsiones y descubrir cuáles son sus problemas. El segundo objetivo es utilizar esta información para mejorar nuestra comprensión del funcionamiento del capitalismo y qué lo sustenta”.

Boldizzoni explica las trampas recurrentes en las que caen quienes intentan hacer pronósticos. El primer nivel, “incluye las limitaciones de la cognición humana […], el segundo es el de los defectos teóricos, entre los cuales el menosprecio de la cultura como fuerza social es sin duda el más importante […], el tercero es la mentalidad basada en la Ilustración de los pensadores modernos”. “Este último es de particular importancia ya que se remonta a la creencia en el poder de la razón y la tendencia hacia el progreso humano que se abrió paso en la cultura europea desde finales del siglo XVIII”. Los pensadores sociales se convencieron de que aplicando la razón al estudio de la historia sería posible comprender las líneas de su desarrollo futuro. La historia del siglo XX, especialmente en Europa, destruyó esas certezas que parecían fabricadas en hierro fundido. Boldizzoni revisa lo que el filósofo Antonio Gramsci llamaría la oposición entre las clases dominantes y las subalternas. Su argumento contra la extendida idea de la concepción materialista de la historia que postula que las actitudes culturales pueden ser revertidas por el progreso material es brillante. A aquellos que se convencieron de que la prosperidad en China traería la democracia se les ha quedado cara de tontos.

Es imposible hacerle justicia a este estupendo libro en unas pocas líneas. Su explicación de por qué, fuera de Occidente, hay una falta de elementos culturales que sustenten el capitalismo y de cómo los países obligados a abrazarlo lograron transformarlo son esenciales para comprender el potencial de divergencia inherente a la situación geopolítica actual. Este libro es una auténtica hazaña intelectual.

El subtítulo de The Economics of Belonging de Martin Sandbu es “un plan radical para recuperar a los rezagados y lograr la prosperidad para todos” y resume el desafío que se ha marcado el columnista del Financial Times. El autor comienza comparando a dos radicales de la década de 1930, el presidente Roosevelt y Adolf Hitler, quienes eligieron dos caminos diferentes para salir de la depresión que siguió al colapso de Wall Street de 1929. La crisis financiera de 2008 abrió la puerta al evidente radical de hoy, el presidente Trump, pero el autor se pregunta: ¿dónde está nuestro Roosevelt? Esto apunta a la falta de reformadores valientes en el lado europeo del Atlántico. En otras palabras, existen soluciones, pero si no hay políticos con audacia e imaginación, la crisis solo empeorará.

Chalecos amarillos durante las manifestaciones en París, pasan ante una obra de Pascal Boyart. (Kiran Ridley/Getty Images)

El diagnóstico de Sandbu argumenta que la globalización ha sido injustamente usada como chivo expiatorio para el número gradual de personas que se han ido quedando rezagadas y las desigualdades crecientes que han fracturado a los países europeos y América. La educación deficiente es una explicación clave en las economías donde el cambio tecnológico se ha acelerado. La falta de una educación universitaria no es solo un pasaporte a trabajos mal pagados sino también a los problemas de salud. Vinculado al cambio tecnológico está el magnetismo progresivo de las grandes ciudades y el coste correspondiente de quedarse en pueblos y regiones rezagados. Allí están quienes votaron mayoritariamente a favor del Brexit en 2016, y por Trump en 2017. La rebelión de los “chalecos amarillos” franceses comenzó en esos lugares. El hecho de que la gente dejara de sentir que pertenecía a la misma comunidad “supuso una caída en desgracia colosal del modelo occidental que ha proporcionado energías nuevas a los movimientos antisistema iliberales en los extremos del espectro político en casi todos los países occidentales y más allá”. Estas fuerzas tienen una “postura sencilla sobre dos de los tres pilares de los modelos occidentales: rechazan el liberalismo político y social, así como la globalización, como fines a perseguir. La actitud hacia el pilar restante, la economía social de mercado de la posguerra, es más complicada. En última instancia, este es el más importante ya que los otros dos pilares del orden occidental se mantendrán o caerán dependiendo de si pueden cumplir su promesa económica”.

Detrás del iliberalismo y el nacionalismo existe una reivindicación económica previa: quienes se revuelven contra el orden occidental se sienten “abandonados por los suyos, traicionados por las élites que construyeron el sistema y a las que se les encomendó hacer que funcionara”. El hecho de que la unión de las décadas posteriores a 1945 se deshiciera por culpa de los cambios tecnológicos y las decisiones de política económica, en lugar de por la apertura económica, apunta a que los gobiernos en Occidente tienen los medios, si tuvieran además la voluntad, para construir lo que ha sido destruido. Roosevelt convirtió la crisis que había heredado en una oportunidad en cuestión de meses al romper el vínculo del dólar con el oro, cerrar el sistema bancario, endurecer la regulación de Wall Street e introducir un salario mínimo.

Sandbu argumenta a favor de gastar más en educación, combinándolo con políticas activas del mercado laboral, un salario mínimo alto y límites a los sueldos más elevados. Los países nórdicos europeos apuntan en la dirección correcta. Un área que pide a gritos una reforma es el sistema tributario. “Cuando un grupo aumenta la parte que se lleva del pastel económico, uno podría esperar que la tajada del Estado sobre sus recompensas aumente proporcionalmente, y más, si su objetivo es contrarrestar las fuerzas económicas subyacentes”. Pero los sistemas se han vuelto menos progresivos desde las reformas Thatcher-Reagan de la década de 1980 que se han seguido en gran parte de Europa. A esto se debe añadir la creciente facilidad con que las corporaciones internacionales han logrado evitar pagar impuestos en los países donde realizan sus actividades.

Se necesita ser valiente para argumentar hoy a favor de los beneficios de la globalización, pero Martin Sandbu escribe con la calidad forense de un periodista económico, uno que, sin embargo, conoce bien la historia. El precio político del fracaso de la reforma del sistema bancario después de la crisis de 2008 ha sido alto. Obama no era Roosevelt. Revertir la geografía de la desventaja que ha enviado a pueblos y regiones enteras de Estados Unidos y la UE a la pobreza es “el” desafío al que se enfrentan los líderes occidentales, uno que, en todo caso, la pandemia de la COVID19 no ha hecho más que incrementar. Este libro está escrito por un optimista, pero que es también un realista: la pregunta es, ¿le escuchará alguien en un momento en que el sistema internacional construido después de 1945 se desmorona lentamente?

El conflicto global debe más a las divisiones dentro de los países que a las que hay entre ellos: esta es una forma clara de resumir Trade Wars are Class Wars. Los autores (Matthew Klein y Michael Pettis) señalan que durante décadas “los costes reales de los préstamos han estado por debajo de las previsiones a largo plazo del crecimiento económico real y permanecen en torno a cero”. Al combinarlo con una demanda débil y una inflación baja, el mundo ha terminado con un “exceso de ahorro” y las rentas se han desplazado hacia personas adineradas que no gastan lo que ganan.

Trabajadores de una fábrica en Nantong, China, ensamblan piezas de escritorio para exportar a Estados Unidos, Francia y Alemania. (STR/AFP via Getty Images)