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Los migrantes centroamericanos llegaron anoche a la Basílica luego de caminar mil 156 kilómetros en 50 días. Ya estaba cerrada, pero les abrieron las puertas sólo a ellos

December 13, 2021 - por

Los migrantes centroamericanos llegaron anoche a la Basílica luego de caminar mil 156 kilómetros en 50 días. Ya estaba cerrada, pero les abrieron las puertas sólo a ellos

Decenas de personas que participaban en la Caravana Migrante llegaron a la Basílica de Guadalupe. Foto Cristina Rodríguez

Tras choque con la policía capitalina rechaza quedarse en albergue de Iztapalapa

Pernocta en la Casa del Peregrino; definirá en los próximos días el rumbo a seguir

La travesía fue larga. Tras mil 156 kilómetros recorridos en 50 días, la caravana migrante llegó anoche a la Basílica de Guadalupe, en la Ciudad de México.

VIDEO: La policía capitalina bloquea el paso de la caravana migrante; hay heridos.

Libraron todos los obstáculos para alcanzar el objetivo, incluido un bloqueo de la policía de la Ciudad de México, justo en la entrada a la capital, el cual generó un enfrentamiento que dejó varios migrantes lesionados, tres de ellos con heridas severas, por lo que fueron trasladados a un hospital.

Pasadas las 10 de la noche, los extranjeros, la gran mayoría procedentes de Centroamérica, arribaron al templo del Tepeyac. Deseaban hacerlo justo el día que la tradición católica celebra a la Virgen de Guadalupe.

Los recibió el rector del recinto, Salvador Martínez Ávila, quien abrió las puertas de la Basílica exclusivamente para ellos, pues dos horas antes había cerrado sus puertas a los visitantes.

“Sólo pasarán los migrantes, vienen a un acto de fe. Pedimos a los medios de comunicación esperar (afuera), esto no es un espectáculo”, señaló el prelado.

Las 387 personas que participan en la caravana, entre ellos 75 niños y 121 mujeres, ingresaron al santuario, realizaron una oración y accedieron a la zona debajo del presbiterio, al pie de la Guadalupana, donde pudieron contemplarla. Al cerrar la jornada, los centroamericanos se retiraron a descansar en la Casa del Peregrino San Juan Diego, a espaldas de la Basílica.

“Le prometí a mi mamá que llegando a la Ciudad de México iría a la Basílica. Somos creyentes y debo cumplirlo”, dijo Rubí Elizabeth, una joven hondureña que viaja con su esposo y dos pequeños, una niña de ocho meses y un niño de tres años de edad.

Salieron de Honduras en julio pasado, han vivido más de cinco meses de penuria sólo para llegar a Estados Unidos. “Esa es la fe. Darle una vida mejor a mis niños”, dijo Rubí.

La caravana salió el pasado 23 de octubre de Tapachula, Chiapas. Ayer completó los mil 156 kilómetros que separan a la urbe fronteriza de la capital del país. No ha sido sencillo, a lo largo del corrido enfrentó diversas dificultades e intentos del Instituto Nacional de Migración (INM) por desarticularla.

La jornada de ayer fue extenuante. Temprano reiniciaron su marcha desde Río Frío, estado de México, donde pernoctaron la víspera. Caminaron durante horas por la autopista México-Puebla.

A lo largo del trayecto se dieron diversas negociaciones con representantes del gobierno capitalino, quienes en principio les ofrecieron autobuses para trasladarlos hasta el santuario guadalupano, pero horas después les informaron que se les trasladaría al albergue instalado en el deportivo Santa Martha Acatitla. Los migrantes lo rechazaron e insistieron en que su intención era llegar hasta la Basílica.

Kilómetros adelante, a la altura de la colonia El Rincón, de Los Reyes La Paz, justo en los límites entre el estado de México y la capital del país, unos 400 policías de la Ciudad de México, con equipos antimotines, se colocaron en formación para bloquear el paso de la caravana sobre la lateral de la autopista México-Puebla.

Los migrantes caminaron hasta estar frente a frente con los uniformados y se dieron momentos de tensión. Unos 15 minutos después, decididos, los hombres extranjeros se tomaron de las manos y avanzaron en contingente hasta chocar con los policías, que tras sus escudos trataban de contenerlos.

Fue entonces cuando se dio el enfrentamiento. Voló de todo: palos, piedras, trapos de fuego, tubos y hasta algunas carriolas en las que transportaban a los niños. Los policías regresaron algunos de esos proyectiles e incluso desde atrás de sus escudos lanzaban golpes contra unos aguerridos migrantes que, arrebatados, se lanzaban contra la valla policial en un desesperado intento para que se les permitiera el paso.

“Nadie nos va a vencer. No nos van a detener. ¡Nadie!”, gritaba un hombre de Nicaragua con un rostro furioso. “No les tenemos miedo, hemos pasado las peores en nuestros países”, lo secundó un hondureño.

Ante la trifulca, niños y muchas mujeres rompieron en llanto. Inconsolable, una mujer que cargaba una bebé, gritaba: “Déjenos pasar, sólo pedimos libre tránsito. Queremos una mejor vida, ¿qué hay de malo en eso? ¿Por qué nos tratan así?”

Algunos policías no fueron capaces de mantener sus escudos y los migrantes los usaron para agredirlos. Otros querían quemar los autobuses de seguridad pública estacionados a unos metros de distancia, unos más usaban tubos; otros, objetos y hasta patadas voladoras para golpear las vallas conformadas por los escudos de los uniformados. Muchos más pedían mesura y calma. “Es lo que quieren, no caigan en provocaciones”, lanzaban para contener a sus compañeros.

Un joven cayó desde una altura de seis metros lesionándose gravemente una pierna. Elizabeth, hondureña de 32 años, se desmayó debido a que la turba pasó sobre ella. Entre varios de sus compañeros la levantaron con dificultad para apartarla de donde se suscitaba el enfrentamiento. A El Gordo una roca le impactó en la cabeza y lo dejó noqueado. Los tres fueron llevados a hospitales.

La guatemalteca Guillermina, con su hija de dos años en brazos, terminó en medio de los policías que encapsularon por un instante a algunos migrantes. Pese a recibir golpes, intentaba salvar a su pequeña. “Los policías me la quitaron para meterla a uno de los autobuses”. El señor Carlos –también de Guatemala y quien dos días antes fue atropellado por un automóvil del INM– también fue golpeado por los policías.

Irineo Mujica, líder de la organización Pueblo Sin Fronteras y uno de los organizadores de la caravana, hacía vanos esfuerzos por replegar a los migrantes. “Esto es lo que querían, un enfrentamiento, una provocación para poder criminalizar a la caravana”, señaló.

Tras varios minutos de enfrentamientos. Ambos bandos se replegaron. Entonces la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, Nashieli Ramírez, gestionó para que los uniformados se retiraran y se ofrecieran varios camiones para conducir a los migrantes a la Basílica. Por fin se llegó al acuerdo y los extranjeros comenzaron a abordar las unidades para dirigirse al templo.

Las autoridades eclesiásticas les abrieron el espacio en la Casa del Peregrino San Juan Diego, donde pernoctaron anoche. Mujica informó que estarán en la Ciudad de México hasta que se definan los pasos a seguir para los próximos días. Pues al final, su principal objetivo es llegar a Estados Unidos.