Periodista incursiona en archivos inéditos de García Márquez

September 7, 2020 - por

Periodista incursiona en archivos inéditos de García Márquez

CIUDAD DE MEXICO

1. La noche del fallido asalto al Batallón 601

El plan para la noche del 23 de diciembre de 1975 era preciso: tomar por asalto el depósito de arsenales del Batallón 601, al sur de la ciudad de Buenos Aires, extraer municiones, granadas, el mayor número de armas posible y regresar a las casas de seguridad, de preferencia sin bajas.

A las 19:40, un camión repleto de guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) se estrellaría contra el portón del depósito y abriría el paso a una columna de autos con el resto de quienes participarían en el asalto.

Pero cuando el camión se impactó contra la puerta, ésta apenas opuso resistencia. Los miembros del ERP corrieron hacia el interior y en ese instante supieron que el plan se estaba derrumbando.

Desde las torres de seguridad y todos los frentes posibles comenzaron a dispararles. Los autos en que arribó el resto de los guerrilleros fueron ametrallados. Sobre sus cabezas volaban helicópteros, desde donde también les disparaban; en su intento por salir de la trampa, por romper el cerco militar y policiaco, algunos lograron huir, perderse entre las viviendas de lámina y cartón de las villas, pero la inmensa mayoría fue acribillada.

Al día siguiente, 24 de diciembre, el periódico La Nación destacó en su portada: “Mueren más de 50 extremistas al atacar un batallón”.

La portada informaba también que la presidenta María Estela Martínez de Perón había recibido los saludos de las altas autoridades civiles, militares y religiosas, así como del cuerpo diplomático, con motivo de las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

2. Un escritor argentino le escribe a Gabriel García Márquez

Han pasado 48 horas del intento de asalto de la guerrilla al Batallón 601.

Es ya 25 de diciembre y a unos 21 kilómetros del depósito de armas, en el 1205 de la calle Fitz Roy, Haroldo Conti deja caer los dedos sobre su máquina de escribir.

Buenos Aires, diciembre de 1975. “…Estamos pasando momentos muy tremendos en la Argentina y hace apenas dos días cayeron en el ataque al Batallón 601 48 hermosos compañeros, algunos allegados a nosotros. Uno se pregunta, por fuerza, si tanta sangre servirá para algo”.

Son las primeras líneas de una desoladora carta de dos páginas para Gabriel García Márquez, a quien Conti se dirige como su “querido hermano mayor”, y cuyo contenido completo era inédito hasta ahora, aunque el propio escritor hizo referencia a ella en una columna.

Haroldo Conti, escritor que se ha ido abriendo camino en el mundo de las letras en su país y en América Latina, no sabe con certeza que esa carta será una especie de anunciación de lo que le pasaría. No lo sabe, pero lo intuye: “Abajo va mi vera dirección por si sigo vivo”.

Lo que nunca pudo sospechar es que su carta compartiría espacio en el archivo de su “querido hermano” con miles y miles de otras cartas y mensajes, entre los que se encuentran un par de tarjetas del almirante Eduardo Emilio Massera, uno de los tres integrantes de las fuerzas armadas que en marzo de 1976 encabezaron un golpe de Estado y tomaron el poder en Argentina.

Conti jamás pudo imaginar que esa carta, escrita en momentos de angustia y desasosiego, coincidiría con los mensajes de su victimario, uno de los mandos que ordenaron su detención, tras lo cual su rastro se hizo difuso hasta convertirse en uno de los al menos 30 mil desaparecidos durante la dictadura militar argentina.

Marcelo Conti, hijo del primer matrimonio de Haroldo, resume para Aristegui Noticias sus recuerdos de ese hecho: “Mi padre le escribió a Gabo, le contó la difícil situación previa a su secuestro, pero nunca tuvimos contacto con él, lamentablemente… Realmente no sabíamos que hubiese contacto nada menos que entre Gabo y un monstruo como Massera, responsable de miles de desapariciones, torturas, asesinatos, vuelos de la muerte, robo de niños, etcétera”.

3. Los mensajes del Almirante Massera

García Márquez anunció en diciembre de 1978 la creación de Habeas, una fundación para los derechos humanos en las Américas. Más que la denuncia de las atrocidades que se cometían en la región, el propósito básico de la organización era lograr la liberación efectiva de las víctimas de la violencia de Estado. “Más que poner en evidencia a los verdugos, procurará, hasta donde le sea posible, clarificar la suerte de los desaparecidos y allanar a los exiliados los caminos de regreso a su tierra”.

En síntesis, Habeas tendría un mayor interés en “ayudar a los oprimidos que en condenar a los opresores”.

La fundación operaba desde México y de eso la policía política mexicana tomó nota y dejó registro en un reporte que incluye la dirección donde se ubicaba, la cuenta bancaria donde García Márquez recibía las donaciones; con qué organizaciones internacionales intercambiaba información como la Comisión de Madres y Esposas y Desaparecidos de Buenos Aires, Argentina, y una larga lista de quienes la apoyaban: Amalia Solórzano de Cárdenas, Nicolás Guillén, Julio Cortázar, Ernesto Cardenal, Michael Manley, Matilde Urrutia, viuda de Pablo Neruda, y muchos más.

Para los espías mexicanos, Habeas se había creado “bajo la dirección y patrocinio de la Unión Soviética y Cuba y tiene como objetivo proteger, apoyar económicamente, proporcionar asesoría legal y medios para que se desenvuelvan las personas con ideología marxista-leninista. Que, por su participación en grupos guerrilleros, terroristas e ideólogos, se escudan bajo el concepto general de perseguidos políticos”, según las fichas firmadas por Miguel Nazar Haro, el entonces titular de la Dirección Federal de Seguridad.

Apenas unos meses después de que Habeas había sido creada, García Márquez recibió, con un intervalo de un par de meses, dos tarjetas enviadas por el almirante Emilio Eduardo Massera, quien para ese momento ya había dejado de ser miembro de la Junta Militar Argentina que había derrocado cruentamente a la presidenta Estela Martínez de Perón en marzo de 1976.

Localizadas por el autor de este texto en los archivos personales de García Márquez, la primera tarjeta se encuentra fechada el 13 de agosto de 1979. En ella, Massera le informa a García Márquez que se había entrevistado con los miembros de la Junta Militar para hacerles saber su propuesta (la de Gabo), la misma que, a decir del mismo Massera, los militares consideraban muy interesante y de gran importancia.

Aunque, advertía el almirante, aún no había respuesta.

Al cierre del mensaje, le pedía a García Márquez que saludara a “su Santidad y a Juan Carlos”, así con esa naturalidad. Seguramente se refería al rey Juan Carlos de España, con quien se había encontrado en octubre de 1977.

Más de tres meses después, el 28 de noviembre Massera volvió a escribir al nobel. Parco, breve, apenas 19 palabras para saber si recibió su anterior carta. “Espero que no faltará ocasión para que podamos conversar en el primer viaje que pueda hacer hacia el norte”.

En ese momento, Massera ya no formaba parte de una Junta Militar que seguía desapareciendo “subversivos”. Desde septiembre de 1978 pasó a retiro y comenzó su propia ruta política, tratando de distanciarse de las atroces violaciones de los militares a los derechos humanos, algo que jamás conseguirá. El almirante ya cargaba con su propia cuenta de muertes.

‒¿A qué propuesta de García Márquez se refería Massera? ¿Por qué no hay elementos de contexto, de continuidad de la comunicación de las cartas?

‒No es fácil responder, pero una posibilidad, que explica también el hecho de que hay más cartas recibidas que respuestas por escrito, sería que en cierto momento de su vida García Márquez comenzó a hacer un uso mayor del teléfono para ese tipo de comunicación, particularmente con temas y personajes políticos ‒dice en conversación telefónica Jaime Abello, director general y cofundador de la Fundación Gabo.

Dirección Federal de Seguridad / Archivo General de la Nación

4. De archivos, cartas y encuentros inesperados

Una vasta colección de cartas enviadas al escritor Gabriel García Márquez tuvieron como destino final los archivos del Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, en Austin. Ahí reposan más de 2 mil cartas recibidas por el nobel colombiano, junto con las máquinas de escribir en las que armó sus primeras novelas, 40 carpetas de fotografías y cerca de 600 telegramas.

En ese archivo, adquirido por la universidad en 2014, es posible encontrar todo tipo de joyas: peticiones de recomendación para obtener becas en universidades, solicitudes para que García Márquez sirva como intermediario para conseguir derechos de obras; confesiones de jóvenes que le comparten que cuando lo leyeron por primera vez “ocurrió un apocalipsis en su corazón”, o cartas urgentes de enamorados que piden el apoyo de las letras de García Márquez para convencer a un amor que se fuga…

En los salones del Harry Ransom, reposan también las cartas de directores de cine, políticos y amigos: Fidel Castro, Francois Miterrand, Indira Gandhi, Bill Clinton, Milan Kundera, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gunter Grass, Francis Ford Coppola, Akira Kurosawa…

También se encuentran mensajes de personajes que no eran precisamente objeto de su amistad, como el almirante argentino Emilio Eduardo Massera, de quien recibió dos tarjetas-mensaje en las que se abordó una de las miles de historias de dolor de la Argentina de la Guerra Sucia: la desaparición del periodista Haroldo Conti.

Los archivos de García Márquez, consultados directamente por Aristegui Noticias en las instalaciones de la universidad texana, dan claves para entender una de las áreas menos exploradas del colombiano: su compromiso con los derechos humanos; “con los presos políticos de muchos gobiernos, incluido el cubano, con los desaparecidos de Chile, Uruguay, Argentina”, dice Abello, conocedor del archivo del colombiano.

‒¿Eso tiene que ver con las tarjetas de Emilio Massera?

‒Seguramente‒ responde Abello, una de las personas más cercanas al escritor hasta el final de su vida.

5. Las malas noticias sobre Conti

Perdido en la inmensidad digital, aparece un texto casi desconocido de García Márquez, publicado el 19 de abril de 1981 en El Espectador de Colombia: “La última y mala noticia sobre Haroldo Conti”.

El artículo se ocupa, en breve, de la historia de Haroldo Conti, a quien García Márquez define como un escritor de los grandes, desaparecido un 5 de mayo de 1976, en plenos días de violencia desbordada de la Junta Militar argentina integrada por el almirante Emilio Eduardo Massera, el general Jorge Rafael Videla y el brigadier Orlando Ramón Agosti.

Desde las primeras líneas, menciona que a Conti le habían advertido desde octubre de 1975 que las fuerzas armadas lo tenían en la lista de “agentes subversivos” (en comillas en el original) y que esa versión ya era de dominio público en los primeros meses de 1976.

García Márquez cuenta que Conti, al tanto de las amenazas, le escribió una carta en esa época, en la que al final anotó su dirección. Era la de su casa alquilada, relata el nobel, donde vivió sin precauciones de ninguna clase hasta que un comando de seis hombres la asaltó a medianoche, nueve meses después de la primera advertencia. Lo golpearon brutalmente, lo amarraron de pies y manos, y lo desaparecieron para siempre.

Nos enteramos así que Conti tenía 51 años cuando fue secuestrado; que había publicado siete libros; que su casa tenía un ambiente rural donde criaba gatos, palomas y perros, y además cultivaba legumbres y flores.

Que su pensamiento político era claro y público; que desde que recibió las primeras advertencias, tenía una invitación para viajar a Ecuador, pero prefirió quedarse en Argentina con el pretexto de que Martha, su segunda esposa, estaba embarazada de siete meses y no sería aceptada para viajar en avión.

Escribe García Márquez: “Pero la verdad es que no quiso irse. ‘Me quedaré hasta que pueda, y después Dios verá’, me decía en su carta”.

Según la narración del colombiano, Martha dio a luz a un varón en febrero de 1976, a quien pusieron el nombre de Ernesto. “Ya para entonces, Haroldo Conti había colgado un letrero frente a su escritorio: ‘Este es mi lugar de combate, y de aquí no me voy’. Pero sus secuestradores no supieron lo que decía ese letrero porque estaba escrito en latín”.

“El 4 de mayo de 1976, Haroldo Conti escribió toda la mañana en el estudio y terminó un cuento que había empezado el día anterior: A la diestra. Luego se puso saco y corbata para dictar una clase de rutina en una escuela secundarla del sector, y antes de las seis de la tarde volvió a casa y se cambió de ropa. Al anochecer ayudó a Martha a poner cortinas nuevas en el estudio, jugó con su hijo de tres meses y le echó una mano en las tareas escolares a una hija del matrimonio anterior de Martha, que vivía con ellos: Myriam, de siete años”.

A las nueve de la noche, después de comerse un pedazo de carne asada, se fueron a ver El Padrino II, cuenta García Márquez. Era la primera vez que iban al cine en seis meses. Los dos niños se quedaron al cuidado de un amigo que había llegado esa tarde de Córdoba y lo invitaron a dormir en el sofá del estudio.

“Cuando volvieron, a las 12:05 horas de la noche, quien les abrió la puerta de su propia casa fue un civil armado con una ametralladora de guerra. Dentro había otros cinco hombres, con armas semejantes, que los derribaron a culatazos y los aturdieron a patadas.

“El amigo estaba inconsciente en el suelo, vendado y amarrado, y con la cara desfigurada a golpes. En su dormitorio, los niños no se dieron cuenta de nada porque habían sido adormecidos con cloroformo”.

García Márquez describe en ese texto lo que años después se documentó, como el hecho de que Haroldo y Martha fueron conducidos a dos habitaciones distintas, mientras el comando saqueaba la casa hasta no dejar ningún objeto de valor.

Y que luego los sometieron a un interrogatorio bárbaro. “Martha, que tiene un recuerdo minucioso de aquella noche espantosa, escuchó las preguntas que le hacían a su marido en la habitación contigua. Todas se referían a los viajes que Haroldo Conti había hecho a La Habana. En realidad, había ido dos veces ‒en 1971 y en 1974‒, y en ambas ocasiones como jurado del concurso de La Casa de las Américas. Los interrogadores trataban de establecer por esos dos viajes que Haroldo Conti era un agente cubano”.

“A las cuatro de la madrugada, uno de los asaltantes tuvo un gesto humano, y llevó a Martha a la habitación donde estaba Haroldo para que se despidiera de él. Estaba deshecha a golpes, con varios dientes partidos, y el hombre tuvo que llevarla del brazo porque tenía los ojos vendados. Otro que los vio pasar por la sala, se burló: ‘¿Vas a bailar con la señora?’. Haroldo se despidió de Martha con un beso. Ella se dio cuenta entonces de que él no estaba vendado, y esa comprobación la aterrorizó, pues sabía que sólo a los que iban a morir les permitían ver la cara de sus torturadores”.

Y cita entonces un dato vinculado con el mensaje incluido en las tarjetas de Massera. “Fue la última vez que estuvieron juntos. Seis meses después del secuestro, habiendo pasado de un escondite a otro con su hijo menor, Martha se asiló en la embajada de Cuba. Allí estuvo año y medio esperando el salvoconducto, hasta que el general Omar Torrijos intercedió ante el almirante Emilio Massera, que entonces era miembro de la Junta de Gobierno Argentina, y éste le facilitó la salida del país”.

Jorge Videla

García Márquez recuerda también que unos 15 días después del secuestro, cuatro escritores argentinos aceptaron una invitación para almorzar en la casa presidencial con el general Jorge Videla. Los asistentes, como quedó registrado en la historia, eran Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, y el sacerdote Leonardo Castellani.

Todos, sigue contando el escritor colombiano, habían recibido por distintos conductos la solicitud de plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti. “Alberto Ratti lo hizo, y entregó además una lista de otros 11 escritores presos”.

La reunión a la que García Márquez hace referencia ocurrió el 19 de mayo. Una de las notas principales de la edición del día siguiente del diario La Nación reza: “Habló con escritores el presidente de la nación”. Una foto de Videla, Borges, Sábato y Castellani acompaña al texto, según consignan Eduardo Blaustein y Martín Zubieta en su libro Decíamos ayer, la prensa argentina bajo el proceso.

La versión publicada por el periódico El Clarín apunta que en el encuentro quedó manifiesta la preocupación por una docena de intelectuales que se encontraban detenidos, así como por la situación de los escritores Haroldo Conti y Alberto Costa, de quienes se ignoraba su paradero.

García Márquez dice que el sacerdote Castellani, quien entonces tenía casi 80 años y había sido maestro de Haroldo, pidió a Videla que le permitiera verlo en la cárcel. “Aunque la noticia no se publicó nunca, se supo que, en efecto, el padre Castellani lo vio el 8 de julio de 1976 en la cárcel de Villa Devoto, y que lo encontró en tal estado de postración que no le fue posible conversar con él”.

El texto del escritor colombiano recoge los testimonios de otros presos que estuvieron con Conti. Uno de ellos rindió un testimonio escrito, según el cual fue su compañero en el campo de concentración de la Brigada Gómez, a 12 kilómetros de Buenos Aires por el camino de Ezeiza.

“En mayo de 1976, dice el testimonio, Haroldo Conti se encontraba en una celda de dos metros por uno, con piso de cemento y puerta metálica. Llegó el día 20. Dijo haber estado en un lugar del Ejército, donde lo pasó muy mal. Dijo que se había quedado encerrado en un baño, donde se desmayó. Apenas sí podía hablar y no podía comer. El día 21 pudo comer algo. Se ve que andaba muy mal porque le dieron una manta y lo iban a ver con frecuencia. En la madrugada del día 22 lo sacaron de la celda. Parece que lo iban a revisar o algo así. Estaba muy mal y no retenía orines. El testigo no lo volvió a ver en la prisión. No ha habido gestión, ni derecha ni torcida, que la esposa y los amigos de Haroldo Conti no hayamos hecho en el mundo entero para esclarecer su suerte”.

Y al final de su texto, García Márquez despeja el destino final de Conti: “Hace unos dos años sostuve una entrevista en México con el almirante Emilio Massera, que ya entonces estaba retirado de las armas y del gobierno, pero que mantenía buenos contactos con el poder. Me prometió averiguar todo lo que pudiera sobre Haroldo Conti, pero nunca me dio una respuesta definitiva. En junio de 1980, la reina Sofía de España viajó a Argentina al frente de una delegación cultural que asistió al aniversario de Buenos Aires”.

“Un grupo de exiliados le pidió a algunos miembros de la comitiva que intercedieran ante el gobierno argentino para la liberación de varios presos políticos prominentes. Yo, en nombre de la Fundación Habeas, y como amigo personal de Haroldo Conti, les pedí una gestión muy modesta: establecer de una vez y para siempre cuál era su situación real. La gestión se hizo, pero el gobierno argentino no dio ninguna respuesta.

“Sin embargo, en octubre pasado, cuando ya estaba decidido su retiro de la Presidencia, el general Jorge Videla concedió una entrevista a una delegación de alto nivel de la agencia Efe, y respondió algunas preguntas sobre los presos políticos. Por primera vez habló entonces de Haroldo Conti. No hizo ninguna precisión de fecha, ni de lugar ni de ninguna otra circunstancia, pero reveló sin ninguna duda que estaba muerto. Fue la primera noticia oficial, y hasta ahora la única. No obstante, el general Videla les pidió a los periodistas españoles que no la publicaran de inmediato, y ellos cumplieron. Yo considero, ahora que el general Videla no está en el poder, y sin haberlo consultado con nadie, que el mundo tiene derecho a conocer esa noticia”.

El artículo en su conjunto contenía los elementos para explicar los contenidos de los mensajes de Massera.

Colección de Gabriel García Márquez / Harry Ramsom Center, de la Universidad de Texas en Austin

6. Massera, el almirante maldito que luego quiso ser bueno

Cuando Emilio Massera envió los mensajes a García Márquez, en el segundo semestre de 1979, ya mucha sangre había corrido por las calles y ríos de Argentina, una masacre cuya responsabilidad recaía en los mandos de las fuerzas armadas: el general Jorge Rafael Videla, el brigadier Orlando Ramón Agosti y el propio Massera. Los tres conformaban la Junta Militar que el 24 de marzo de 1976 dio un golpe de Estado y expulsó del poder a María Estela Martínez de Perón.

Massera formó parte de la Junta Militar hasta 1978, luego de que en septiembre de ese año pasó a retiro con la intención de crear su propia ruta hacia el poder.

En el texto Gobernar la dictadura, así se formó y derrumbó la Junta Militar argentina, Javier Sinay da pistas de la ruta que siguió Massera para alcanzar su propósito de ser algún día presidente de Argentina. “Con esa idea concibió y dio a luz su Partido para la Democracia Social (PDS), vinculándose con líderes de la socialdemocracia europea y presentándose ante ellos, insólitamente, como el hombre de la Junta Militar más preocupado por los derechos humanos”.

También con ese propósito, llegó a tender alianzas secretas con Montoneros, uno de los grupos guerrilleros argentinos. Investigaciones han documentado al menos tres reuniones entre Massera y dirigentes Montoneros en Italia, Venezuela y Francia, lo que documenta el libro de Carlos A. Manfroni, Montoneros, soldados de Massera.

A Massera ya no le alcanzó el tiempo para lograr sus propósitos. En 1983, cuando la dictadura ya iba en caída, fue acusado del asesinato y/o desaparición forzada de al menos 30 mil personas.

Colección de Gabriel García Márquez / Harry Ramsom Center, de la Universidad de Texas en Austin

7. Buenos Aires, diciembre de 1975. “No tengo ganas de escribir una sola línea”

El 24 de marzo de 1976, se produjo el golpe de Estado. Desde el primer día de su asalto al poder, la dictadura militar empezó a detener ilegalmente, torturar, desaparecer y asesinar a miles de mujeres y hombres que a sus ojos despedían un halo de subversión.

Habían pasado 41 días cuando el infortunio tocó a Haroldo Conti. El 5 de mayo, Conti se convirtió en uno más de los desaparecidos cuyo paradero se extravió en las casas de tortura, las cárceles militares, los vuelos de la muerte y otros centros de exterminio.

Conti presentía que algo así ocurriría. Así lo deja ver el 25 de diciembre, el día en que escribe una desolada carta de dos cuartillas a García Márquez. Cada línea es el registro de los latidos de un corazón que fallece; los dedos se equivocan y en varios momentos no alcanzan a separar las letras que se atropellan entre sí.

Conti escribe en casa, colocando hojas de papel revolución en su máquina mecánica de escribir; los dedos caen sobre las teclas, el espaciado no responde a tiempo.

Querido hermano mayor, los compañeros me han pedido que te escriba y yo agradezco a las circunstancias esta linda obligación”, se dirige Haroldo a García Márquez con cariño y respeto.

Colección de Gabriel García Márquez / Harry Ramsom Center, de la Universidad de Texas en Austin

Desde la segunda línea le cuenta que en Argentina pasan momentos “muy tremendos”, que apenas dos días antes habían caído 48 compañeros en el ataque al Batallón 601. “Uno se pregunta, por fuerza, si tanta sangre servirá para algo. La muerte aquí es moneda corriente”.

Se refiere al intento de asalto que fracasó porque la dirigencia del ERP nunca detectó la infiltración de un agente militar, Rafael de Jesús Ranier (El oso), quien delató toda la operación. Por eso, cuando los guerrilleros llegaron a las instalaciones del arsenal militar la noche del 23 de diciembre, ya los esperaba una cortina de fuego desde todos los frentes.

Conti le platica a Gabo que el cerco de terror se estrechaba en torno a él y a sus compañeros. “Mi compañera y yo vivimos prácticamente como bandoleros, ocultando nuestros movimientos, nuestros domicilios, hablando en clave, citándonos en lugares inverosímiles”.

La narración retrata la crudeza de los días que vive. “Poco antes (del fallido asalto) habían secuestrado, suponemos que las tres A o tal vez la policía uruguaya, que, como la chilena o la brasileña, trabaja en nuestro territorio libremente de acuerdo a arreglos entre las fuerzas represivas de nuestros países, a un compañero de la revista Crisis, uruguayo, como Galeano, que la dirige, también repetidamente amenazado”.

En esas líneas Conti revela ya lo que años después sería un escándalo: la colaboración y coordinación entre gobiernos militares para detener, torturar, desaparecer y asesinar sin importar fronteras ni límites legales.

Al comienzo de la década de los 90 se documentó la existencia de la coordinación de actividades represivas, bautizada con el nombre de Operación Cóndor, en la que participaban las dictaduras de Argentina, Uruguay, Brasil, Chile, Paraguay y Bolivia.

Por un momento, la carta quiso ir hacia otro lado. Conti lo ponía al tanto de sus andanzas literarias. Acababa de aparecer su novela Mascaró, la que había recibido el premio en La Habana, cuya primera edición estaba a punto de agotarse, pero los diarios argentinos, a diferencia de otros tiempos, “no han dicho una puta palabra de ella”, se lamentaba.

“Soy medio contagioso. Bueno, uno elige. Me quedaré aquí hasta que pueda y después, Dios dirá… Pensaba este año que se inicia encarar la continuación de Mascaró, pero cómo mierda escribir en medio de tanta muerte”.

A medida que escribía, el ánimo de Conti decaía. Aprovechó un momento para plantearle el encargo que recibió: solicitarle su permiso para reproducir en la revista Nuevo Hombre (“tira 30 mil ejemplares y tiene muy buena acogida”) un texto que García Márquez escribió sobre una de sus visitas a Cuba.

Y le relata que él y su compañera, ella principalmente, están enviando continuamente “material informativo sobre la lucha, la situación de los presos, etcétera”.

Le agradece por adelantado la posibilidad de que se reproduzca ese material en la revista Alternativa, uno de los medios de comunicación que el escritor colombiano fundó en su patria. “La prensa de aquí no dice nada, como se comprende y la gente está desinformada al máximo”.

Por ejemplo, le cuenta, nadie sabe que en el ataque de los otros días desaparecieron realmente “48 compañeros (una caída muy grande, sin duda) y que gran parte de los muertos son villeros asesinados por el ejército al reprimir en forma indiscriminada”.

Colección de Gabriel García Márquez / Harry Ramsom Center, de la Universidad de Texas en Austin

Y le confía que están reclamando los cadáveres insepultos y que el ejército los retiene “supuestamente para identificarlos, después de haberles cortado las manos”.

El tono de la carta de Conti se desliza progresivamente hacia una pendiente. “Se dirá (de la matanza) de aquí a algunos años en alguna cantata, pero para entonces qué carajo nos importa”.

Y así, terminaba su carta en ese diciembre de 1975.

“Hermano, concluye aquí mi carta con el ánimo por el suelo. No tengo ganas de escribir una sola línea. Perdóname haber molestado tu atención. Ojalá que esta carta llegue a tus manos.

“Abajo va mi vera dirección, por si sigo vivo.

“Te abrazo fraternalmente, desde ya agradecido hasta los huesos”.

En el original se alcanzan a ver unas manchas que dejó algún líquido sobre las primeras líneas, la tinta dispersa de las palabras “querido”, “compañeros” y “agradezco”.

Al final, su estilizada firma.