La comandanta (*)

August 7, 2019 - por

La comandanta (*)

Octavio Raziel.

 

                                                                                        Volcán de Masaya.

 CIUDAD DE MEXICO

         Esta tarde, mientras me tomo un descanso dentro de la alberca de mi casa, observo el verdor del jardín y lo límpido del cielo (aunque en lontananza se aprecian barruntos de tormenta) Llegan a mí, recuerdos que creí enterrados.

         Me traslado a Managua, Nicaragua. La guerra armada había terminado; quedaba la ideológica, la política y la económica. Por un lado, la Teología de la Liberación: Seguir a Jesucristo librando al ser humano de la pobreza, no en dirección de la riqueza, sino de la justicia social. Por el otro el papado de Juan Pablo II, y su segundo, el protector de los gais, S. Dziwisz, donde se inició el descenso al Infierno. Persiguió a la iglesia de los pobres, ignoró o defendió a curas pederastas; se olvidó de que la Iglesia de Cristo también es para los pobres, los marginados y los desposeídos.

         Al triunfo de los sandinistas, los mercados se habían vuelto a instalar en grandes espacios donde prevalecían el calor y lo gritos de los vendedores. Las últimas semanas no había llovido y el sudor de la gente se veía pegajoso. Los pequeños puestos de comida anunciaban pupusas variadas, con salsa dulce y muchas moscas.

         Renté un vehículo para realizar mi primera incursión turística; en esa ocasión fui al lago y al volcán de Masaya. Ver cómo hervía la lava desde tan cerca imponía; aunque su color blanco me causó cierta decepción. Regresé al hotel con varios libros y una pequeña escultura de un indígena misquito de la costa occidental de Nicaragua.

         En los meses vividos en la selva nicaragüense conocí a la comandanta Mildred que había tenido el encargo del alto mando sandinista de ser mi protectora, pero luego, se convirtió en una buena compañera de campaña. Durante todo el tiempo era común escucharle: camarada periodista, no se aleje o, camarada periodista, tendremos movimiento enemigo más adelante, etcétera. Mildred, no era blanca ni morena, el sol de la selva y de los caminos le habían afirmado una tez que pareciera resultado de una semana en Acapulco. Con su uniforme verde oliva, holgado y con manchas de lodo y de vegetación, no se podría saber qué tipo de mujer había dentro, ni calcular su estatura –tal vez 1.65 metros- Lo impresionante eran sus ojos: verde oscuro, que resaltaban sobre una cara que podría ser bonita, pero que hacía mucho no recibía la manita de gato de los cosméticos. Quienes la trataban, sabían que era mismísimo demonio para ordenar a los soldados, curtidos en la guerra de guerrillas sandinista.

         En alguna ocasión le escuché dar instrucciones a esos guerrilleros: tenés que estar de acuerdo en todo lo que su comandanta les ordene, les dijo.

         Uno de los jóvenes replicó: ¿y si no?

         – Entonces, tenés que estar de acuerdo con todo lo que les ordene su comandanta, quitando de manera poco discreta el seguro de su arma.

         Terminada la guerra, la contacté y le platiqué mi decepción al ver un volcán “sin lumbre”.

         “No es así la visita –dijo Mildred- ‘tenés’ que ir por la noche, cuando el espectáculo es imponente”, y me citó para la tarde-noche.

         Cuando apenas comenzaba a ocultarse el sol, salí al vestíbulo del hotel donde me hospedaba. Vi mi reloj y pensé en el primer retraso de alguien que presumía su exactitud.

         A contraluz, había una mujer con un vestido blanco, suelto, con pequeñas flores blancas bordadas –según observé después- (un chemise) que le llegaba un poco arriba de las rodillas.

         – ¿Comandanta? Pregunté.

         – Debemos irnos; la noche caerá pronto, ordenó como si estuviera aún con sus soldados. Conseguí un vehículo militar que usted manejará camarada periodista –dijo la comandanta-

         Esa noche, el rojo fuego, intenso, lo comenzamos a vislumbrar desde que tomamos la carretera a Masaya.

         El vehículo fue estacionado a unos metros del cráter; sólo habría que caminar unos pasos para ver el maravilloso espectáculo que brinda la naturaleza en ese lugar. Independientemente del calor tropical, el del volcán llega hasta las mismísimas entrañas.

         – ¿Por qué cambiaste las faldas por la guerrilla? Pregunté.

         – Hace tiempo, en la universidad, mi novio y yo participamos en actividades políticas. Él fue detenido y desaparecido por el dictador. A mí me gustan las películas de vaqueros, y en ellas veía a mujeres que ante el ataque de los apaches gritaban y lloraban mientras que otras, tomaban el rifle y enfrentaban al enemigo. Nunca me ha gustado llorar, así que por eso tomé el rifle.

         Mientras observábamos el espectáculo, nuestras manos se rozaron. Luego. Fue carne que conjugó el adulterio con el placer, el remordimiento y la lujuria. Qué diferente mujer con ese cuerpo, duro, firme. Esos senos turgentes, libres en un vestido suelto, que envolvían la imaginación, contrario al material tosco, burdo, de la ropa de una mujer militar.

         Tendimos una manta sobre esa ceniza arenosa, negra, rugosa.

         Después de un leve quejido, me recordó a la chica protagónica de Françoise Sagan, en su novela “Buenos días tristeza”: “ciertamente, después del dolor viene el placer”.

Cuando el sol comenzó a emerger sobre el horizonte y reflejar su luz sobre el bello y tranquilo lago Masaya, iniciamos el retorno a Managua.

Días después, mi misión en Nicaragua había concluido. Todavía no había sido informado de que debería continuar muchos meses más en las selvas de El Salvador, Guatemala y Panamá.